Por Sara del Moral, Muchies, 11 de mayo de 2017

“Llamamos alegría al amaranto porque en el momento de estar reventándolo, o sea tostando la semilla, brinca mucho, con mucha alegría”, me cuenta Francisco Coloso, mientras vemos a su padre mover una y otra vez las pequeñas esferas color dorado en un comal de barro.

Sin miel, ni cubierto de chocolate, el sabor natural y la textura del amaranto recién hecho, es exquisito –en serio, ni la barra de amaranto más orgánica que hayas probado tiene comparación–. Un taller de reventado de amaranto y chinampería (cultivo sobre chinampas, huertos sobre pequeñas balsas de los antiguos indígenas) me llevaron a San Andrés de Tulyehualco, un poblado dentro de Xochimilco en la Ciudad de México, lugar de productores que trabajan, transforman, comercializan y adoran el amaranto.

Ansiosa de ver las primeras siembras de amaranto hasta el reventado artesanal y las distintas fábricas de sus derivados, supuse que ahora, no sabría únicamente que este pseudocereal es un alimento prometedor para la nutrición del mundo, también podría conocerlo como el pedestal que representa para la conservación del suelo, la tierra y el agua de la ciudad, desde la preparación de los chapines para sembrar la diminuta semilla, se convierte en un mundo de posibilidades.

Francisco Coloso, relatador de miles de historias del amaranto, me llevó con el Doctor Héctor Serrano Gutiérrez, los dos forman parte del Sistema Producto Amaranto del Distrito Federal, advirtiéndome que una visita no sería suficiente para saber todo sobre el amaranto y me quedaría en el nivel “Amaranto for Dummies”. Y así fue, me tomó un día completo simplemente conocer lo ideales de estos orgullosos herederos del huautli (nombre náhuatl del amaranto), mientras recorríamos una de las tantas fábricas de churritos enchilados, con limón y sal o naturales que comercializan en el pueblo.

El Sistema Producto Amaranto del Distrito Federal es una alianza de productores de Santiago de Tulyehualco dedicados a rescatar las tradiciones agrícolas; producen y transforman el amaranto en derivados como dulces, churritos, harina, galletas, etc. El comercio de estos productos es el impulso de la economía del pueblo. Por eso, preservar un área como esta, obliga a los productores a hacer alianzas para su protección y conservación para las futuras generaciones.

Creemos que la Ciudad de México son puras casas, edificios, contingencia y el doble hoy no circula, pero tenemos un importante ecosistema en las faldas de volcán Teuhtli, que limita con Xochimilco, de ahí proviene el 40 por ciento del agua que consumimos en la ciudad, es una zona rica en sembradíos, ganado y preserva el arte de la agricultura chinampera en México.

“La Ciudad de México solía ser autosuficiente en la manutención de su abasto, pero la fuerte tendencia al cambio de uso de suelo, podría ser fatal, caótica, el colapso de la Ciudad de México y la zona lacustre”, me dijo Héctor Serrano. “Debido a la gran demanda de agua de la ciudad nos hemos visto no únicamente agotados en el cultivo de amaranto, sino en la cosecha de otros productos que sembrábamos antes”.

La Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades (SEDEREC) ha apoyado a los productores de amaranto. En 2015, intervino en 42 proyectos del Sistema Producto Amaranto, con una inversión de casi 2 millones de pesos (un poco más de 100 mil dólares). Este tipo de impulsos ha permitido al amaranto continuar victorioso su evolución histórica, a pesar de los daños provocados a la producción agrícola de la zona lacustre en la Ciudad de México a causa de la urbanización.

Según Héctor Serrano, muchos documentos hablan sobre la importancia del amaranto. Por ejemplo: en Santiago de Tulyehualco se consumió amaranto como alegría por primera vez en la época colonial cuando los franciscanos elaboraron una especie de palanqueta con la miel de sus avispas; un poco después, los alegrilleros (vendedores de amaranto) eran perseguidos por la policía mexicana para quitarles sus cajones cuando vendían sus productos sobre la avenida Chapultepec; incluso la NASA seleccionó este grano para alimentar a los astronautas en misiones espaciales.

Ahora el consumo de amaranto es común, pero indiferente, se come poco y en pocas variaciones a pesar de ser un gran cereal. Además, es un cultivo de libre siembra y su comercialización podría ser en una fuente económica muy importante, aquí y en otros estados como Puebla y Tlaxcala; principales productores de amaranto. De acuerdo con SEDEREC, Tuyelhualco tiene alrededor de 87,291 hectáreas y constituye 58 por ciento de la superficie total de la entidad. “Una sola semilla da para una planta enorme de 100 metros”, me comentó Francisco Coloso.

Chinampa De la

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Reventado de amaranto en comal de barro

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Existe impulso para la producción primaria del amaranto, elaboración de técnicas para la transformación del grano e ingresos para pequeños procesadores de amaranto. Entonces, ¿cuál es el problema para el desarrollo de este legado prehispánico? ¡Tú! Consumidor malinchista que prefiere la quinoa al triple de precio a consumir alimento nacional, sólo porque lleva la etiqueta de superfood y sanador de todos tus vicios.

El amaranto no solo son las barritas que venden en cada semáforo, existe en un sinfín de presentaciones.

Sebastian Caiza, del pueblo Kichwa Otovalo, me dijo: “Pienso que lo más grave es que el problema empieza al interior de nuestras familias, nosotros mismos tenemos que enseñar a valorar estos productos, pero no lo hacemos, preferimos la comida de otros países”. Y agregó: “Nos falta conocimiento, necesitamos trabajar concientizando a nuestras familias”.

Las campañas masivas de difusión sobre los beneficios del consumo del amaranto también quieren compartir platillos elaborados con este producto, como ensaladas de hoja de amaranto, atole, sopas, panadería y otras recetas donde tu imaginación culinaria puede crecer a la par de tu consumo. Y si la cocina no es lo tuyo, cada año se organiza la Feria de la Alegría y el Olivo en Tulyehualco, para conocer el futuro de este mercado y la alegría de la agricultura mexicana.