Por Oscar Steve, Xataxa México, 16 de junio de 2018

El que es uno los debates más álgidos en torno a alimentación, biotecnología y salubridad no solo en el país, sino en el mundo, adquiere nuevos matices cuando nos enteramos que la gran mayoría de maíz en México está contiene transgenes, aunque no esté permitido el cultivo de maíz transgénico.

El problema está en que los consumidores no tenemos forma de saber en cuáles productos hay presencia de transgenes, puesto que en México, a diferencia de otros países en donde el uso de cultivos transgénicos se ha normalizado, no hay una legislación por la que los productos con transgenes deban indicarlo en su empaque, a fin de que el consumidor sepa con claridad que se lleva a la boca.

¿Qué es mentira y qué es verdad sobre los transgénicos?

El tema de los transgénicos lleva siendo objeto de una gigantesca discusión entre científicos, organizaciones y hasta países enteros. En la comunidad científica han habido desde señalamientos de científicos asociados con trasnacionales en caso de que sus hallazgos apuntalen a la inocuidad de los transgénicos; y del otro lado, se ha tachado de ignorantes y conservadores a los académicos que se han manifestado ferreamente en contra del cultivo de organismos genéticamente modificados.

Greenpeace por ejemplo enarbola el frente más anti transgénico, pues argumenta que las consecuencias de su uso son potencialmente dañinas para el ambiente y para la salud humana. Hace un par de años, más de 130 premios Nobel iniciaron una campaña para conminar a Greenpeace a “reconocer los hallazgos científicos, y abandonar la postura anti organismos genéticamente modificados

Una gran parte de estos hallazgos se concentra en un meta análisis publicado en febrero de este mismo año en la revista Nature, que cubre los resultados de investigaciones hechas de 1996 a 2006. Ahí no solo se da cuenta de que hasta el momento no existe una fehaciente correlación entre transgénicos y afectaciones a la salud humana, sino que se confirma el incremento de la producción de cultivos, puesto que son más resistentes a plaguicidas y herbicidas.

Sin embargo, también está el debate del glifosato, un pesticida que al usarse para proteger al maíz de insectos y plagas, potencia su producción. El problema es que el maíz convencional es altamente susceptible a él, mientras que una de las mayores ventajas de transgénico es su resistencia al químico. La misma Organización Mundial de la Salud le ha ubicado como “posiblemente cancerígeno”, y, justo encima de él, está la ocupación de ser barbero (no es broma).

En contraste, en 2015 un informe publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación la Agricultura (FAO), reconoce al Glifosato como una sustancia para la que no hay evidencia de que tenga efectos cancerígenos en humanos.

“Puede concluirse que el ingrediente activo no exhibe un riesgo mutagénico para los humanos. También se debe tener en cuenta que no hay evidencia de efectos cancerígenos en humanos, aunque los productos de glifosato han estado en uso mundial desde hace muchos años”

FAO

La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos también se ha manifestado a través de un informe, en el que desacredita cualquier vínculo entre transgénicos y daños a la salud, aunque sí contempla la evidencia de contagio de transgenes entre cultivos ante medidas adecuadas de seguridad en la gestión de los cultivos.

En México hay tanto académicos que defienden la no inocuidad de los cultivos transgénicos, así como los que hacen un llamado a “no satanizar” el uso de vegetales transgénicos y fomentar el “ponderar las alternativas”.

Enmedio de todo el debate, más del 90 por ciento del maíz en las tortillas en México es transgénico

Hace 9 años, un estudio de la UNAM reveló que menos del 10 por ciento del maíz de las tortillas en la capital contenían transgenes. Sin embargo, en 2017, una investigación reveló la presencia de secuencias de genes alterados en un 82 por ciento de las botanas de todo el país, tostadas y cualquier harina con maíz como fuente.

La investigación, liderada por la doctora Elena Álvarez-Buylla del Instituto de Ecología establece que un 90.4 por ciento de las tortillas en el país también tendrían presencia de transgenes. Destaca que la mayor fuente de tortillas sin transgenes proviene de las zonas más rurales, mientras que entre más procesada sea la tortilla, fueron encontradas mayores alteraciones.

Si en México actualmente el cultivo de maíz transgénico no está permitido, ¿cómo es que ha terminado en nuestra mesa?

La explicación pasa por entender una de las principales desventajas del maíz transgénico. Esencialmente, es imposible cultivar maíz transgénico, sin provocar una reacción en cadena que ocasione que los transgenes terminen en el maíz que inicialmente no era transgénico. Álvarez-Buyllia explica que en México hay miles de variedades del maíz nativo, mismas que son “interfértiles con cualquier otra variedad de maíz, incluido el maíz amarillo transgénico”.

Los transgenes son genes modificados con herramientas de bioingeniería; han sido alterados con genética de especies distintas, con la finalidad de fortalecer a la especie a la que se le implementan. Cuando los transgénes se utilizan en el maíz, este pasa a ser un Organismo Genéticamente Modificado, y por tanto un transgénico.

Pero las especies encuentran la forma de intercambiar su información genética a través de un incómodo intermediario: el polen.

“Una vez liberados en el ambiente, los cultivos transgénicos florecerán y soltarán el polen que lleva todos los genes de la planta -incluidos los transgenes-. Este polen llegará a los xilotes o flores femeninas de plantas de maíz nativo y las mazorcas resultantes llevarán granos con transgenes”

Elena Álvarez-Buylla

Pero el contagio va más allá. Puesto que de los granos resultantes no todos son comercializados, muchos de ellos son comúnmente guardados como semillas para próximas cosechas, en donde se utilizan para sembrar nuevas mazorcas. Así el proceso se repite, una y otra vez, asegurando la mezcla genética.

Tres probables canales

Sí con el contagio transgénico entendemos el proceso de multiplicación de los transgenes, aún queda por resolver el misterio del comienzo de las plantaciones con maíz transgénico, aunque fueran en un número relativamente pequeño de cosechas.

¿Y cómo es que las semillas terminaron ahí? Hay tres explicaciones. Dos de ellas las contempla el ensayo Unwanted Transgenes Re-Discovered in Oaxacan Maize de la académica Allison Snow de la Universidad de Columbus: La primera, que agricultores mexicanos han podido estar importando semillas de maíz transgénico a lo largo de todos estos años; y la segunda, que las semillas estén siendo importadas por canales oficiales, no para cultivarse para consumo humano, sino para consumo animal.

México es prácticamente autosuficiente (produce más del 95 por ciento del consumo nacional, sin embargo, en maíz amarillo importamos casi el 90 por ciento, siendo Estados Unidos el principal proveedor, país en donde cultivar maíz transgénico es una práctica común.

Para 2016 consumíamos 38.7 millones de toneladas de maíz, de los cuales 60 por ciento es blanco y 40 por ciento amarillo. Mientras que el primero se utiliza para fabricar tortillas y masa, el segundo se destina a cultivar maíz para consumo de ganado y para fabricar hojuelas y frituras.

Una tercera posibilidad es que el contagio sea resultado de permisos expedidos por gobierno para experimentar en campo abierto con maíz transgénico. Otro texto publicado por académicos titulado “Maíz transgénico en el centro de origen: riesgos para México y el mundo” detalla que solo en 2009 se otorgaron 24 permisos para la siembra experimental de maíz transgénico a empresas, en los estados de Sinaloa, Sonora, Chihuahua y Tamaulipas.

También fue aprobado un protocolo con propósitos de bioseguridad con la principal intención de evitar el contagio. Sin embargo “varios de los señalamientos en los protocolos no se cumplieron (…) se establecieron con colaboradores de las empresas trasnacionales y el seguimiento fue a través de personal de las propias empresas”.

“En Estados Unidos, los maíces transgénicos y no transgénicos no están segregados, y se ha reportado que los acervos de maíz que deberían estar libres de transgenes albergan más de un 1% de maíces transgénicos. Esto muestra que incluso en un país cuyo sistema alimentario es más cerrado que el de México, y está bajo el control de relativamente pocas compañías, los transgenes no se han podido contener dentro de los acervos, líneas o lugares de liberación apropiados”.

Unión de Científicos Comprometidos por la Sociedad.

El resultado no deja de ser el mismo

Cualquiera que sea la explicación detrás del masivo hallazgo de maíz transgénico en México, es fácil identificar que no han sido pocas las zonas susceptibles a contagios en los últimos años. Y aunque la inocuidad de los transgenes es un debate complejo, cierto es que en México continúan sin ser aprobados para su consumo humano.

Luego de la entrada en vigor de la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados en 2005, (o Ley Monsanto, como se le ha llamado en medios), el comienzo de los cultivos experimentales desató una pelea legal en 2013, cuando una demanda colectiva hizo que un tribunal determinara el cese a los cultivos con maíz transgénico.

Tres años más tarde, más de 100 medios de impugnación habían sido presentados por parte de Monsanto y similares, y el Gobierno Federal.

La más reciente batalla legal gira en torno al acceso de derecho de información de los propios consumidores. Y es que si la cantidad de cultivo de maíz blanco y amarillo es enorme, ¿por qué nos se han generado esfuerzos para conformar una ley de etiquetado de productos transgénicos?

En realidad, sí han habido. La propia Ley Monsanto en su artículo 101 deja en claro que los organismos genéticamente modificados deben tener una “referencia explícita”. El problema reside en que solo deben hacerlo cuando sean distintos nutrimentalmente respecto a sus símiles, en este caso, otros granos.

El académico Rodrigo Gutiérrez comentaba el año pasado a Animal Político que se trata de un marco bastante vago. Esa es la razón por la que en 2016 hubo otra propuesta de ley para que productos finales con residuos de maíz transgénico en ellos tuvieran en el empaquetado una leyenda que comunicara a los usuarios sobre la naturaleza de su composición.

El documento señalaba que 96.5 por ciento de los consumidores mexicanos ignora qué son los alimentos transgénicos o no sabe si los están consumiendo, en tanto que “98 por ciento opina que las empresas deben informar en sus etiquetas a sus consumidores si sus productos son transgénicos”.

Legislaciones similares se han aprobado en 65 países del mundo incluyendo Estados Unidos. No es para menos considerando que en 2015 se cultivaron 53.6 millones de hectáreas de maíz genéticamente modificado, lo que representa, casi un tercio de las 185 millones plantadas en todo el mundo.

En la lista de países también están Rusia, Brasil y España. Países como Argentina, Chile, Pakistan México continúan sin una agenda clara legislativa en torno al tema. En nuestro país la Ley para el Etiquetado de Alimentos de la Categoría Orgánicos y Transgénicos ha sido congelada en el Congreso y permanece como un pendiente más por parte de la legislatura saliente.

Mientras las discusiones comerciales, políticas y académicas suceden, el maíz transgénico ya está con nosotros, y el descubrimiento no parece ser un buen augurio para su futuro. El mismo Monsanto lo aceptaba ante Reuters hace apenas un año, cuando la directora corporativa regional, Laura Tamayo, aceptó que podrían pasar años antes de que México finiquite la legislación en torno a los transgénicos.

Al terminar de escribir este texto ¡Error! Referencia de hipervínculo no válida. que la farmacéutica Bayer ha comprado Monsanto por 66 millones de dólares, y que el nombre de “Monsanto” será eliminado, principalmente para distanciarse de la polémica provocada por los años de lucha en tribunales en México en otras partes del mundo en torno a los transgénicos.

FuenteXataka
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