Por Alejandro Calvillo, Sin Embargo, 07 de julio del 2020.

El planeta y la propia especie humana vivimos las consecuencias de una civilización globalizada en la que la riqueza y el bienestar de una minoría se ha construido a través de una economía que privatiza las ganancias y sociabiliza los daños, destruyendo el planeta y nuestra salud.

Gran parte de la riqueza corporativa se ha construido sobre el llamado extractivismo, la contaminación y/o los daños a la salud. La minería, como la de tajo a cielo abierto, que deja la total destrucción del paisaje, la contaminación del aire, la tierra y de los recursos hídricos; la generación de residuos tóxicos y su vertido por gran parte de la industria, desde la agrícola hasta la química y nuclear; la producción del plástico sin importar sus consecuencias; la quema de combustibles fósiles sacrificando el clima y sus enormes consecuencias para la propia humanidad, las demás especies y ecosistemas, y la sustitución de nuestras culturas culinarias y alimentos ancestrales por la invasión de chatarra desatando una epidemia global de obesidad: todos estos procesos de degradación civilizatoria han sido solamente posibles porque quienes realizan estas actividades productivas no pagan sus externalidades. Los daños se pasan al planeta, sus ecosistemas, sus especies, mientras las riquezas se concentran gracias a ellos.

Si los daños se cobraran a quienes sacan beneficios de las ganancias, no sólo la producción y sus mercancías serían otras, también la propia tecnología, estaría diseñada para reducir sus impactos, para ser duradera y no obsoleta, para enfocarse en la biodegradabilidad, en la menor extracción de recursos, basada en una agricultura regenerativa. Sólo así no se generarían los daños que aquejan gravemente al planeta y la salud, un planeta en crisis y una población humana viviendo en entornos contaminados y “alimentándose” de chatarra. Podríamos recuperar los principios que guiaron a diversas culturas en no comprometer el futuro de las siguientes generaciones.

El mejor ejemplo de esta dinámica son las causas actuales de la mayor cantidad de enfermedad y muerte entre la especie humana, las llamadas Enfermedades Crónicas No Transmisibles (ECNT): enfermedades cardiovasculares, hipertensión, diabetes, obesidad, cáncer.

Las principales causas de las ECNT están en los llamados “determinantes comerciales de la enfermedad”: la comida chatarra y las bebidas azucaradas, el tabaco y el alcohol.

Un puñado de grandes corporaciones trasnacionales tienen el control de la producción y mercadeo de estos productos que son ya la principal causa de enfermedad y muerte. Estás corporaciones obtienen ganancias que las han convertido en economías más poderosas que muchos gobiernos del mundo, mientras los daños, las externalidades que provocan el consumo de sus productos, se pagan con los fondos públicos, provocando el colapso de los sistemas de salud, y las finanzas de las familias, siendo un elemento de pauperización. Estos daños, estás externalidades, se convierten en tragedias nacionales y familiares.

Podríamos imaginarnos el reporte diario, cómo actualmente se realiza del COVID-19, de las muertes acumuladas cada 24 horas asociadas a la obesidad, al consumo de tabaco y al alcohol, a los “determinantes comerciales de la enfermedad”. ¿De qué magnitud serían los datos de estas muertes prevenibles?

De acuerdo a cifras oficiales, cada hora mueren 23 personas en México a causa de la obesidad. La evidencia demuestra que la principal causa es el cambio en la dieta a alimentos ultraprocesados (OPS). Refiriéndose a productos específicos, en México se estima que 40 mil muertes al año están asociadas al consumo de bebidas azucaradas.

Lo anterior se explica con el hecho del altísimo consumo de estas bebidas en el país y de que el 70 por ciento de los azúcares añadidos en nuestra dieta provienen de ellas. En referencia al consumo de tabaco, se estima que cada año mueren 60 mil mexicanos a causa de esta adicción, es decir, 164 personas al día.

Si se realizará un reporte diario de la cantidad de muertes generadas por estos “determinantes comerciales de la enfermedad” sin duda, podríamos generar consciencia de su magnitud. A estas más de 700 muertes diarias se tendrían que sumar las provocadas por el consumo de alcohol.

Sobre los daños provocados por el consumo de alcohol no hay datos suficientes. Además de las muertes asociadas al consumo directo del alcohol, están las muertes en accidentes viales asociadas al consumo de alcohol, así como al consumo de esta bebida y los crímenes. Además de su impacto en la mortalidad, están los severos daños que su consumo genera en la descomposición social y familiar, en la violencia de género, así como también su asociación con el abuso sexual de menores.

En el caso del alcohol, esa falta de información tiene que ver con la penetración, ya añeja, de los intereses de esta industria, tanto en la política como en la academia. La penetración es tal que destacados académicos no han tomado consciencia del uso que de ellos ha realizado está industria al invitarlos a las iniciativas que han creado para supuestamente promover un consumo moderado cuando en el fondo son estrategias para prevenir políticas y regulaciones que podrían afectar sus ganancias.

Alrededor del mundo, cada vez más, existen experiencias exitosas para controlar y bajar el consumo de estos productos y, por lo tanto, reducir sus externalidades, sus daños.

Estas políticas parten del hecho de que son las condiciones ambientales y comerciales las que inducen el alto consumo de estos productos y que cambiando estas condiciones, junto con fuertes y mantenidas campañas informativas, se puede reducir su consumo.

Como ejemplos están las políticas que llevaron a Rusia a combatir el consumo de alcohol entre su población que se había convertido en su mayor consumidora y la que llevó a la ciudad de Nueva York a combatir el consumo de tabaco en el que los neoyorquinos se habían convertido en sus principales consumidores. En el caso de los mexicanos que nos habíamos convertido en los mayores consumidores de bebidas azucaradas, un impuesto de 10%, por debajo de lo recomendado de un mínimo de 20 por ciento, nos desplazó de ese lugar.

Más allá de reducir el consumo de estos productos con impuestos, política que debe ir acompañada de restricciones a su publicidad, a su venta en espacios determinados, a etiquetados de advertencia y campañas de información, está la generación de recursos para paliar las externalidades, los daños que generan estos consumos.

Las grandes corporaciones argumentan que los impuestos a estos productos afectan a los más pobres siendo que lo que más afectan a las comunidades vulnerables son las enfermedades que el alto consumo de estos productos les provocan sin diagnósticos y tratamientos adecuados. El cinismo de las grandes corporaciones es extremo, mientras se muestran preocupados por el efecto en los pobres, son a ellos a los que destinan sus más fuertes estrategias de mercadeo. Basta ver a dónde están dirigiendo sus mayores inversiones de publicidad y producción la industria de la chatarra, las bebidas azucaradas, el tabaco y el alcohol: a las naciones de medianos y bajos ingresos. Y dentro de estas, a los grupos más marginados.

Como a cada política contra el consumo de estos productos, principales determinantes comerciales de la enfermedad, responden diversos mercenarios de la industria en la prensa, realizando ataques personales – ir contra el mensajero, no contra el mensaje- como si lo que se propusiera fueran ideas personales y no fueran recomendaciones de organismos internacionales y nacionales, probadas y evaluadas, mostrando su efectividad, dejo aquí las referencias a investigaciones publicadas en revistas científicas bien calificadas, revisadas por pares que dan sustento a lo dicho:

Para quienes dicen que no hay alimentos ni bebidas buenas y malas. La base para estimar que 40 mil personas mueren al año en México por causas asociadas al consumo de bebidas azucaradas. Mortality attributable to sugar sweetened beverages consumption in Mexico: an update. International Journal of Obesity, 2019. https://www.nature.com/articles/s41366-019-0506-x

Sobre la caída en el consumo de Tabaco en adultos de 28 por ciento y de 52 por ciento en jóvenes en Nueva York, en un periodo de 10 años: Success in the city: the road to implementation of Tobacco 21 and Sensible Tobacco Enforcement in New York City. British Medical Journal, 2016. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC5099222/

Sobre las políticas para reducir el consumo de alcohol en Rusia y el aumento de esperanza de vida: Rusia alcohol: In Russia, declines in alcohol consumption and mortality have gone hand in hand. https://www.sciencedaily.com/releases/2019/10/191003074839.htm

Sobre el pequeño impuesto a las bebidas azucaradas en México, a tres años de su introducción, y su impacto positivo en trabajadores de la salud. Association between tax on sugar sweetened beverages and soft drink consumption in adults in Mexico: open cohort longitudinal analysis of Health Workers Cohort Study. BMJ, 2019. https://www.bmj.com/content/369/bmj.m1311

ACO
A favor de la salud, la justicia, las sustentabilidad, la paz y la democracia.