Por Elena Reygadas, El País, 26 de noviembre de 2021.

El término domesticación siempre me ha causado cierto conflicto. Supone, irremediablemente, una superioridad del ser humano sobre la naturaleza, sobre las plantas, sobre los animales. Como si las fuerzas naturales fueran neutrales, entidades a las que los Hombres —en mayúsculas y en masculino— han controlado y dado forma.

Prefiero pensar historias —en minúsculas, en plural, en femenino— en las cuales el agente central no siempre sea el Hombre. Me gusta encontrar narrativas en las cuales las plantas, los animales, las piedras son también actores significativos: narrativas que reconozcan que los seres humanos no somos el centro de todo lo que sucede en el universo

Por eso mismo, en lugar de domesticación, prefiero hablar de relaciones recíprocas. Relaciones de ida y venida, en las cuales existe cierta correspondencia y colaboración. En español, la palabra recíproco viene del latín reciprocus, y significa “igual para uno, igual para otro”.

La historia de Mesoamérica, y de lo que hoy llamamos México, contiene una de las más maravillosas historias recíprocas. Los especialistas calcu­lan que sucedió en algún momento entre hace 9.000 y 6.200 años. Los habitantes de Mesoamérica lograron que un conjunto de pastos salvajes, los teocintles, se transformaran y se convirtieran en lo que conocemos actualmente como maíz.

Los teocintles tienen varios tallos que se ramifican. De las ramas surgen varias pequeñas mazorcas. Estas tienen una estructura dística: solo tienen un par de hileras de granos, los cuales están protegidos por una especie de piel rígida.

Gracias al trabajo colectivo y colaborativo de las y los campesinos indígenas, que fueron seleccionando cuidadosamente a lo largo de varias generaciones los granos de los teocintles que tenían las características óptimas, fue que se le dio forma al maíz con el pasar del tiempo.

¿Cuáles fueron las principales diferencias entre los teocintles y el maíz? En lugar de varios tallos, el maíz tiene un solo tallo robusto. Las mazorcas que nacen son pocas y aparecen en el centro de la planta, son mucho más grandes que las de los teocintles; son suaves y más fáciles de comer. Los granos están expuestos y ocupan varias hileras, es decir, su estructura es polística.

Las ventajas de estas mutaciones son enormes. El tamaño, la textura y la cantidad de los granos aumentaron. Los granos, al no tener ya una cubierta rígida, podían germinar más rápidamente. Además, su recolección se volvió más sencilla. Mientras que los granos de los teocintles caían y se dispersaban, los del maíz quedan adheridos a la mazorca. Eso permite que se puedan recolectar más fácilmente, sin tener que recoger grano por grano, y que se pueden almacenar las mazorcas enteras.

Estas mutaciones causadas por el trabajo humano hicieron que el maíz, a diferencia de los teocintles, no pudiera propagarse por sí solo. Los mecanismos naturales de dispersión ­dejaron de funcionar. El maíz necesita que el ser humano intervenga, que desgrane las mazorcas para que sus granos puedan germinar y crecer saludablemente. Es por esto que el antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla (1935-1991) afirmó: “El maíz es una planta humana, cultural en el sentido más profundo del término, porque no existe sin la intervención inteligente y oportuna de la mano, no es capaz de reproducirse por sí misma”.

Es indudable que el maíz requirió el trabajo humano para surgir, y que lo sigue requiriendo para sobrevivir. En ese sentido, es una planta humana. Pero también es cierto que las personas de Mesoamérica necesitaron y necesitamos del maíz para subsistir. El maíz ha sido la base, desde hace miles de años, del sustento de las personas que habitamos este territorio. Y, por eso mismo, se volvió clave no solo para la economía, sino para dar forma a toda una visión del mundo. Las culturas mesoamericana y mexicana no se pueden comprender sin el maíz. Así como el maíz es una planta humana, nosotros somos humanos planta.

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