Por Cristina Barros, La Jornada Ecológica.

La actual pandemia desatada por la dispersión del virus de la Covid-19 nos lleva a reflexionar sobre diversos temas en relación con la alimentación, no solo en México sino en el mundo. Antes de la Covid-19 se había enfrentado la gripe aviar (H5N1) y la porcina (H1N1). Aunque en el primer caso se responsabilizó primero a la cría familiar de aves en pequeñas granjas (lo que llevó a monopolizar aun más su crianza en grandes establecimientos), hoy se cuenta con datos que muestran una correlación entre el mayor número de casos por estas gripes y la crianza en granjas industriales.

En el caso de los cerdos, un estudio realizado por investigadores estadounidenses evidencia que Europa y Estados Unidos, los mayores exportadores de carne de cerdo en el mundo, son también los mayores exportadores de gripe porcina (ver Martha I. Nelson, Cécile Viboud, Amy L. Vincent y otros, “Global migration of influenza A viruses in swine” en Nature Comunications 6
https://www.nature.com/articles/ncomms7696).

Por cuanto a las aves de corral se observa que uno de los factores de la propagación del virus, además del hacinamiento, es similar a lo que sucede en el caso de los monocultivos de las plantas alimenticias: al reunirse en una granja pollos que son casi clones genéticos el uno del otro a fin de que tengan características similares (como mayor cantidad de carne), cuando un virus se introduce en la bandada, no encuentra aves que por tener características distintas pudieran contrarrestar a los virus. Al no encontrar resistencia la infección se generaliza (ver (https://www.animanaturalis.org/n/45379/la-proxima-pandemia-vendra-de-las-granjas-industriales).

Otro aspecto importante es la manera en que los asentamientos humanos han invadido espacios que correspondían a los animales silvestres. Como resultado, tienen mayor cercanía con los humanos y con los animales domésticos que crían. Esto provoca que se transmitan virus para los que no hay resistencia en el sistema inmune humano. Además, el cambio climático ha provocado que al aumentar las temperaturas medias durante el invierno, algunas aves migratorias que podrían ser portadoras de algún tipo de virus, alteren sus rutas tradicionales.

Todo lo anterior configura el escenario en el que surge el Covid-19. Si estas prácticas de hacinamiento y explotación sin límites de aves y puercos continúa, y si alimentos como las carnes de estos animales viajan grandes distancias a diversas partes del mundo tendremos nuevos virus de manera constante. El título del libro del biólogo evolutivo Roc Wallace sintetiza esta situación: Big Farms Make Big Flu (Grandes granjas generan grandes influenzas).

El ganado vacuno es también víctima de esta sobreexplotación. En su libro El dilema del omnívoro, Michael Pollan describe cómo se estabula el ganado en espacios tan reducidos que les impide casi cualquier movimiento.

El consumo de carne de res ha aumentado de manera notable en las últimas décadas sobre todo en Estados Unidos. Ello, como consecuencia de las presiones de los grandes empresarios que lucran con el ganado criado así, apoyados por los medios masivos de comunicación. Hay, por cierto, una vinculación entre las reses y el maíz como monocultivo, pues la sobreproducción de este grano representa ganancias millonarias para unas cuantas empresas y coloca las cosechas de éste y otros granos inventando mil estratagemas.

Una de ellas es darles de comer cereales a las reses, cuando estos animales que son herbívoros, requieren de pastura (ver Michael Pollan El dilema del omnívoro, Debate, 2017, en especial el capítulo 4 de la primera parte “El cebadero: fabricar carne (54 000 granos”).

Si se desequilibra su alimentación, el ganado tiene problemas intestinales que requieren medicamentos. Además, tanto a las aves como a las reses de las granjas industriales suele dárseles antibióticos para mejorar su digestión y para incrementar su peso. Estos antibióticos llegan a los consumidores (los humanos) y pueden causar, entre otras cosas, resistencia a los antibióticos cuando resulten necesarios para combatir alguna enfermedad infecciosa.

La agricultura industrial es otro de los grandes problemas de la época actual y está fuertemente vinculada al cambio climático. Hay estudios suficientes, varios de ellos de organismos internacionales como la FAO, que muestran que este tipo de producción genera gases de efecto invernadero, erosiona los suelos y contamina los cuerpos de agua.

El tema del acaparamiento de tierras y agua en la agricultura industrial no es menor. Por ejemplo, en nuestro país se usa para riego 77 por ciento del agua disponible. Sin embargo, de las cerca de 20 millones de hectáreas que se dedican a la agricultura, 5 mil 500 millones son de riego, y casi 15 mil de temporal.

Según datos de la misma FAO, la agricultura industrial concentra 70 por ciento de las tierras arables y en cambio produce 30 por ciento de los alimentos; el 70 por ciento restante se obtiene en pequeñas y medianas unidades agrícolas. Se trata de la agricultura familiar.

Con independencia de que la cadena industrial desperdicia tres cuartas partes de los alimentos que se producen (ver Con el caos climático quién nos alimentará: la cadena industrial de producción de alimentos o las redes campesinas, en https://www.etcgroup.org/sites/www.etcgroup.org/files/web_quien_nos_alimentara_con_notas.pdf recuperada el 29 de mayo de 2020), buena parte de la producción agrícola industrial se destina a piensos para criar animales en las condiciones que hemos descrito. Y cuya carne, por cierto, llega a un porcentaje muy pequeño de la población.

Otra parte se destina a la elaboración de productos industriales para la alimentación. Estos productos suelen tener altos contenidos de azúcares, harinas refinadas, grasas nocivas para la salud, además de conservadores y colorantes químicos. A ellos se les debe en buena medida que haya tan altos índices de obesidad y diabetes en Estados Unidos, donde se origina este modelo. Pero también en México.

Aquí hemos abandonado nuestra dieta tradicional de tortillas, frijoles, salsas de chiles, verduras, cocimiento al vapor y cocimiento al comal, además de aguas de frutas, para cambiarla por refrescos y comida chatarra: las nocivas sopas instantáneas, el pan de caja, las frituras y las golosinas sin contenido alimenticio.

El resultado está a la vista: 42.8 por ciento de las mujeres y 38 por ciento de los hombres sufren obesidad en México; 52 por ciento de los recursos del IMSS se dedican a la atención de la diabetes.

Durante la pandemia, estas dos enfermedades han puesto en condición de mayor vulnerabilidad a los infectados con Covid-19. Sumemos a este panorama que una de las consecuencias de la pandemia será un mayor empobrecimiento (ver “Comer bien: una lucha mexicana” en https://www.youtube.com/watch?v=3VFFi2aaumo).

Los gobiernos tienen la obligación de asegurar la alimentación y la salud de su población. En México hay una extraordinaria herencia milenaria que nos permite revertir los negativos efectos de la agricultura y de la alimentación industrial, que son las dos caras de lo mismo. En el sector agropecuario, contamos con dos sistemas milenarios: la milpa y el huerto de traspatio que permitirían a las familias una alimentación sana, nutritiva, suficiente y culturalmente afín.

Es importante señalar que de esta manera tendrían autonomía y autosuficiencia. Además, una relación campo-ciudad armónica y justa permitiría que los alimentos no viajen grandes distancias, con el consiguiente ahorro de combustibles fósiles.

Las políticas públicas en materia de alimentación tendrían que ser coherentes: no se pueden prohibir los mercados tradicionales y en cambio dejar abiertas las grandes tiendas de autoservicio en tiempos de pandemia. Lo que provoca esto son fenómenos como el siguiente: “mientras el campo mexicano pierde 32 mil plazas laborales como consecuencia de la crisis económica que provoca el Covid-19, Gruma, productora global de alimentos, se convirtió en la empresa ganadora entre las emisoras más importantes de la bolsa de valores.” (Ver La Jornada, 26 de mayo de 2020, p. 22).

Gruma comercializa sus tortillas empaquetadas de mala calidad hechas con maíz transgénico y con glifosato incluido, en las grandes cadenas de tiendas.

Tampoco es el camino diseñar leyes que sean lesivas para los campesinos y los consumidores, como la reforma a la Ley Federal de Variedades Vegetales que un legislador de Morena, Eraclio Rodríguez, acaba de presentar ante comisiones en la Cámara de Diputados. Esta reforma penaliza con multa y cárcel a los campesinos que intercambien libremente sus semillas, y con esto abre la puerta a las grandes transnacionales que lucran con las semillas.

Es la antítesis del camino que nos llevaría a la autosuficiencia y a la soberanía alimentaria. Es indispensable organizarse para lograr un campo próspero y una alimentación sana, solo así se podrá construir un México más justo.

Cristina Barros
Investigadora independiente y miembro de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad
Correo-e: marcri44@yahoo.com.mx

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