Por Kau Sirenio, Pie de Página, 07 de julio de 2022.

Mientras cortábamos fresas en el rancho El Molino, Adela, una mujer rolliza de un metro y medio de estatura, cubierta con paliacate morado y un gorro que la protege del sol, platica despreocupada de su vida como jornalera.

“Llegue hace 30 años, cuando apenas tenía 12 años y desde entonces trabajo de jornalera, siempre lo hago de saliendo y pagando”.

Luego Adela se pone a explicar: “Esto es Canería, es para rebanar la cola de las fresas. Se les quita la coleta verde, con este cuchillo filoso, hay que tener cuidado en este trabajo porque es muy peligroso, aquí los accidentes son constantes durante el día. Los trabajadores abandonan la jornada cuando se accidentan, como no hay enfermería, se van a sus casas para curarse. La empresa no paga el servicio médico”.

Adela pone las fresas sobre la mesa alargada, ahí dos mujeres revisan las frutas, casi de una por una, procuran que no pasen las que están maltratadas. Luego supervisan que las fresas vayan bien colocadas en los básquets, una caja contiene (12 basquet). La revisión es rápida cuando las frutas son de buen tamaño.

Cuando no está el mayordomo general, el dueño asume la revisión, en el rancho el Molino, Carlos Haifer revisa las cajas de las fresas. Él es dueño del rancho, así que supervisar cada detalle, mientras que los trabajadores se esmeran por cumplir con los estándares de calidad que le demanda la empresa Driscoll’s, una trasnacional que compra frutos rojos que se cultivan en el Valle de San Quintín, Baja California.

-¿Cuánto tiempo tardas en ir y venir con tu caja? -le pregunto a Adela.

-A veces los revisadores tardan de diez a quince minutos en aprobar las cajas, esto genera caos en las filas. Cuando hay una o más fresas maltratadas, lo regresan para ordenarlo de nuevo.

Agrega: “Mientras esto ocurre ya perdiste una hora en lo que te formaste para entregar tu caja. Pero si regresas con las fresas maltratadas el mayordomo general ordena al de cuadrilla romper la tarjeta donde se anotan las cajas que cortaste en la jornada, eso significa que el trabajador o trabajadora es despedido sin la paga, esto pasa en BerryMex y otros ranchos, hasta ahora no me ha me han despedido por este detalle”.

La platica con Adela en los surcos fue el principio de nueva tarea. Buscar a otras jornaleras para conocer su situación en el Valle, platiqué con cien de ellas, ochenta dijeron haber sido víctimas de acoso sexual, por los mayordomos de cuadrillas, general y patrones en los surcos y veinte confesaron haberlo sufrido por sus compañeros.

Una jornalera escribió una tarjeta donde relata su experiencia: “Mejor conocido como don Paz, de la colonia Benito Juárez trabaja con rancho Don Juanito, siempre pide un 24 de cervezas para dar trabajo, a las mujeres les dice que si se portan bien con él van a ganar sin trabajar”.

La mayoría de los acosos sexuales vienen justamente de ese rancho Don Juanito pero en otros ranchos también suceden en otra empresa agrícola, que hasta ahora no han diseñado protocolo para contener violaciones sexuales y acosos hacia las mujeres jornaleras.

La violencia hacia las mujeres jornaleras en los campos agrícolas es más encarnizada por la desigualdad que existe los hombres, la asimetría es enorme cuando llega a la casa, porque en lugar de tomar un descanso, tiene que cocinar y alimentar a sus hijos, luego prepara el guiso que va a llevar a los surcos al día siguiente.

El problema no termina ahí, al contrario es más complicado por falta de guardería y el bajo salario, pone a la mujer en una situación de riesgo. De lo poco que gana en el corte de frutos rojo: fresa, frambuesa, mora azul y arándano no le alcanza para la despensa y menos para comprar artículos personales.

Los gobiernos expulsores y receptores de jornaleros tienen que diseñar políticas públicas que permitan acabar con el acoso sexual hacia las mujeres en los campos agrícolas, para que las jornaleras tenga un espacio digno y libre de violencia. Es necesario generar condiciones para que los hijos de los jornaleros cuenten con albergues y escuelas de calidad y dignos en dónde pasar el día, mientras los papás están en los surcos. Porque la ausencia de políticas dirigidas a la comunidad infantil en el Valle de San Quintín, hay traído otro problema: embarazo infantil.

Ese día, Adela compartió su cotidianidad en su casa: “Mi jornada empieza a las tres de la mañana y termina a las 9 de la noche. Despierto a las tres de la madrugada para cocinar: preparar tacos de frijoles y huevos. Luego sirvo el desayuno a mi esposo y a mis hijos que van a trabajar. Luego preparo mi itacate y me voy a la parada de los camiones que me trae al corte de fresa”.

Esa es la vida de una jornalera en los campos agrícolas todos los días, para que las verduras, frutas o carne lleguen a la mesa de los consumidores. Urge que los consumidores volteen a ver a los obreros agrícolas y acompañarlos en sus justa demanda por un salario justo.

Imagen de Abdulhakeem Samae en Pixabay 
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