Por Gabriela Ruiz Agila, Pie de Página, 05 de diciembre de 2021.

Desde las seis de la mañana, Josefina Lema y otras veinte mujeres preparan suculentos platillos en ollas de barro sobre el fogón tradicional. Pan de trigo con quinua, tzawar mishki, colada de zapallo, fanesca de machica, champús, dulce de mashua con tortilla, colada de amaranto. La comida se oferta a la comunidad de Mojandita de Avelino Dávila, organizada en una Feria.

La cita es en Hampirypacha, el Centro de medicina ancestral ubicada a casi dos horas de Quito, la capital ecuatoriana. Es el sueño concreto de las Guardianas en una casa. Son dos pisos dedicados a la atención de salud y espiritualidad con ventanales en forma de chakana, el ícono del pensamiento andino que señala los puntos cardinales y la interconexión entre elementos de la naturaleza.

Desde que la pandemia por covid-19 obligó al mundo a restringir los eventos públicos, ésta es quizá la oportunidad más reciente que tienen las familias kichwas para encontrarse e intercambiar semillas, una de las prácticas vitales y ancestrales que sostienen su cultura. Hay música y alegría. Mesas rebosantes de alimentos. Hampiriypacha es el resultado de su organización como mujeres. Las mujeres celebran su esfuerzo junto a sus familias.

La semilla y la chakra

En el mundo andino y amazónico, la relación de los hombres y las mujeres con la tierra se sostiene en el cuidado del huerto familiar o chakra. Es un lugar sagrado con diversidad de vegetales, plantas medicinales y animales cohabitando en armonía. Es parte de la cosmogonía que expresa el concepto del Sumay Kawsay o Buen Vivir.

Las Guardianas de Semillas protegen el equilibrio de la chakra y dentro de ella, a las semillas criollas para cultivar y proveer de alimentación al ser humano y los animales cuidando de la Pachamama o tierra. Las semillas son el primer eslabón de un ecosistema de equilibrio que se sostiene en el respeto por los ciclos reproductivos de las plantas, la tierra y el agua.

Hoy, las semillas están amenazadas por la sobreexplotación de los ecosistemas, contaminación por industrias extractivas, las prácticas de la industria de alimentos, y el cambio climático. Mientras la industria de alimentos incrementa su valor económico, la función social de los agricultores que cuidan de las semillas y la tierra pierde valor cultural.

El monopolio de semillas y la pérdida del patrimonio cultural de pueblos ancestrales motivó la conformación de la Red de Guardianes de Semillas, una organización de base, sin fines de lucro. Ésta es la historia de las Guardianas de las Semillas de Imbabura, «cuidadoras» pero sobre todo «defensoras» de conocimientos ancestrales.

Cuando las compañías obtienen ganancias por cada semilla e impulsan el consumo de cultivos transgénicos a bajos costos, afectan el valor de los cultivos tradicionales con su reemplazo o desaparición. El control de las semillas tiene que ver con grandes problemas sociales como la desnutrición, y el hambre en contextos urbanos y rurales.

Actualmente, la población infantil en Ecuador sufre de desnutrición crónica. Según datos de UNICEF, en 2014 fue de 24,8% y se incrementó en 2018 a 27,2% en niños menores de dos años y a uno de cada cuatro menores de cinco años en el Ecuador. El otro lado de la moneda es la obesidad infantil, en 2012, uno de cada 3 niños en edad escolar y 1 de cada 4 adolescentes ya registra sobrepeso. La última Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (2012) evidencia que en 1 de cada 10 hogares, la madre tiene obesidad y su hijo desnutrición crónica.

La Red de Guardianes tiene sus alcances hasta la salud reproductiva femenina con cursos donde las mujeres reconectan sus cuerpos con los ciclos de la tierra. Y en un aspecto más espiritual y respetuoso de la cosmogonía andina, las prácticas son historia y memoria que se transmite oralmente.

En un contexto de cambio climático, las sequías, inundaciones o periodos de extremas temperaturas influyen ya en la producción de alimentos. Más de 100 mil variedades de plantas están en peligro de extinción.

De forma local, el artículo 401 de la Constitución del Ecuador declara al país libre de cultivos y semillas modificadas genéticamente. Los transgénicos son rechazados ampliamente por organizaciones campesinas porque consideran que producen efectos adversos en la salud, el medio ambiente, la biodiversidad y los sistemas productivos tradicionales.

Sembrar un legado

Josefina Lema o mamá Josefina, es nuestra anfitriona y una reconocida lideresa de la provincia de Imbabura. A sus 56 años, ha desempeñado cargos como Presidenta de la Unión de Comunidades, Responsable de Mujer y Salud en el pueblo Kichwa Otavalo así como en la Ecuarunari, Coordinadora de la Escuela de Formación ‘Dolores Cacuango’.

Llevar adelante el nombre de lideresas como Dolores Cacuango y Tránsito Amaguaña representa una gran responsabilidad. Son figuras emblemáticas de la organización política indígena. Ellas marcharon desde sus comunidades hacia Quito para exigir al gobierno la terminación del trabajo obligatorio no asalariado, educación y salud para niños y niñas dentro de las haciendas donde persiste un modelo latifundista de opresión.

Mamá Tránsito Amaguaña (1909-2009) rechazó el huasipungo que sumía a los indígenas en condiciones de esclavitud; la movió a ella y otros indígenas a impulsar un cambio en las leyes. Su reconocimiento como sujetos políticos se ganó en un largo proceso de lucha popular.

En 1964, año en que nació Josefina Lema, el gobierno ecuatoriano daba inicio al proceso de Reforma Agraria para redistribuir la tenencia de la tierra. Tan importante es la semilla como la tierra, el agua y la fuerza de trabajo para producir alimentos.

¿Por qué es tan importante que mujeres con una gran trayectoria política continúen cultivando la tierra?

—Nosotras seguimos en procesos propios, en las bases, en las comunidades, en las familias. Las compañeras que nos han estado acompañando siempre desde los 12 años, seguimos organizadas en procesos de lucha —responde Carmen Lozano quien viajó desde Loja para celebrar y respaldar el proceso político de la Red de Guardianas.

Josefina Lema, Carmen Lozano de 64 años y Concepción Laguaguaita de 62, son mujeres que cultivan la tierra e intercambian semillas con un capital político que suma más de 30 años de lucha organizativa. Se forman en escuelas políticas con grados de escolarización que solo les permite leer y escribir. En sus historias de vida han enfrentado el machismo y la violencia de todo tipo por parte de sus parejas o entorno.

Reivindican a mamá Tránsito que decía: “La unidad es como la mazorca: si se va el grano, se va la fila, si se va la fila, se acaba la mazorca”.

Por nuestras semillas vivas

Un mito originario de los Mayas refiere que los hombres fueron hechos de maíz. Procesos milenarios de domesticación y evolución permitieron que el maíz se pueda consumir.  Solo en México podrían existir más de 60 variedades de maíz de las más de 200 que se registran en América Latina. El maíz tiene gran variedad en la forma y el color del grano, textura, composición y forma de la mazorca.

A nivel internacional, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reconoce entre los tipos de maíz más importantes a los siguientes: duro, dentado, reventón, dulce, harinoso, ceroso y tunicado. En los trópicos, se siembra con mayor frecuencia los tipos de maíz: amarillo y blanco duro, amarillo y blanco dentado, harinoso y morocho, reventón, dulce y ceroso. Los maíces duros se destinan para alimento humano, pero el uso es para consumo animal e industrial también.

Gracias a la Red de Guardianas de Semillas, se han recuperado y sostienen en intercambio 20 variedades de maíz para cultivo en huertos familiares. Para la Feria se preparan bolsas de plástico donde se reúnen estas variedades de maíz: hierático, suave, mensajero, rojo, chaucha, maíz de México, chulpi, canguil, morocho delgado. Maíz que se transformará en los deleites culinarios locales: tamal, mote, choclo, tostado, por mencionar algunos.

Mientras los asistentes disfrutan de la comida, Rumiñahui de 37 años, hijo de mamá Josefina, toma la palabra y comparte: “Hacer la Feria es hacer también un proceso de resistencia. Se está muriendo la cultura runa, con ella nuestro idioma. Si muere una cultura, muere la esperanza de la humanidad. En esta pandemia, fue clara la división entre el campo y la ciudad. En la lógica de la gente de la ciudad, se come mal, se vive en encierro y se carece del sentido del tiempo. En cambio, en el campo, nosotros nos guiamos por los cambios de la tierra, de la caída de la lluvia, por los rayos del sol.”

“Cuando yo era niña, recuerdo que el intercambio de semillas se hacía en la la fiesta de Uyanza muy parecida al Kulla Raymi”, explica Pacari de 23 años, hija de mamá Josefina. Kulla Raymi es la primera fiesta del año ritual o agrícola que marca el equinoccio de otoño el 21 de septiembre. Son eventos comunitarios que inician con la instalación de un altar en forma de chakana y en cuyo centro se dibuja una espiral con pétalos de flores, se enciende el fuego y se bendice a las semillas y a los alimentos.

Esta feria ha iniciado de manera tradicional y en ese contexto pregunto a Pacari:

—¿Cuál es la mejor época para sembrar?

—Desde agosto se siembra pero septiembre es el mes más idóneo. Hay que evitar las polillas y otras plagas. Por eso es importante realizar la feria de intercambio de semillas antes. Hombres y mujeres participan de la siembra.

—¿Cómo se reúnen las semillas que se intercambian en la Feria?

— Las familias cosechan en sus chakras, reúnen las mejores semillas y las entregan en la casa Hampiriypacha. Si una familia cosechó este año más maíz negro o chulpi, traerá esa semilla. Aquí las mujeres juntamos todas las semillas, las clasificamos, y luego las repartimos.

—¿Eso quiere decir que las familias dan desde la abundancia?

—Sí, del maíz que más se tenga. A veces las cosechas no dan frutos. Llevándose semillas comunitarias, mezclan en sus chakras y fortalecen sus cosechas.

—¿Cuánto cuesta la bolsa de semillas de maíz?

—Las semillas se intercambian en esta feria por la compra de comida o se reparten a quienes nos visitan. No se venden.

Es curioso, los tipos de maíz y otras variedad de alimentos, se han ido perdiendo en un proceso similar al de pérdida de dialectos. Solo en Ecuador, los Saparas han perdido más de 50 dialectos, reconocidos por la UNESCO en 2001 como patrimonio inmaterial de la humanidad, cuenta Manari Ushigua, embajador cultural. Solo quedan diez hablantes del pueblo Sapara.

Las semillas de ‘maicito’ se estaban perdiendo por prácticas empresariales que fomentan la producción a gran escala de alimentos y la homogeneización de las semillas. “Hemos propuesto al gobierno que las semillas certificadas entre solo a las empresas y que respeten las semillas familiares”, explica mamá Josefina. Esta es quizá una de las lecciones más importantes: en la variedad de las semillas, su color y textura, se representa la diversidad de los pueblos.

Hay que hacer minga

El 10 de agosto, día en que se conmemora a los Pueblos Indígenas, mamá Josefina es homenajeada por la Asamblea Nacional del Ecuador. Lleva puesto su vestimenta tradicional: un faldón azul hasta los talones, una blusa bordada con flores, faja tejida en telar, sombrero blanco de fieltro, collares hechos con cuentas doradas, pulseras de coral, y rebozo blanco.  Se dirige en kichwa a los legisladores, y en español así les habla:

—Ustedes que tienen aquí un encargo, deben trabajar colectivamente, no individualmente. Acá mandamos como pueblos, como ecuatorianos para que hagan leyes. Por eso venimos a poner este mensaje: Todos somos responsables, y debemos hacer minga de trabajo. No vengan a avergonzarnos ni a nuestros hijos. Esta es nuestra petición a nombre de las mujeres. Traemos semillas para que se multipliquen.

La minga es un trabajo que reúne de forma solidaria a los miembros de la comunidad para realizar obras en común, que puede durar más de un día, y que se compensan con una generosa comida o el beneficio para todos.

En Hampiriypacha Mamá Josefina, la mujer sabia de las plantas, ha hecho una pausa para traer este mensaje. Mañana, seguirá recibiendo a quienes buscan medicina y palabras para sanar. Afuera de su consultorio, hay un huerto donde macetas reúnen flores y otras plantas medicinales. Desde allí, reflexiona sobre el presente: “Necesitamos que participen otras organizaciones y otros pueblos, las familias, los jóvenes. Debemos seguir uniendo esfuerzos para que se valore el trabajo y defender la medicina propia, y nuestras semillas.”

Cifras alertan que el 40% de la comida que se produce anualmente en el mundo se pierde durante su producción o se desperdicia en comercios y hogares urbanos. La pérdida de la relación que conecta al ser humano con la siembra de semillas y el cuidado de la tierra, tiene un impacto devastador para mantener el equilibrio de la biodiversidad pero al mismo tiempo representa una seria amenaza para su propia subsistencia.

En Ecuador, es urgente una minga para atender varios problemas, entre ellos, la desnutrición crónica infantil que afecta al 27,2%  de los niños menores de 2 años, es decir, tres de cada diez niños. Ecuador es el segundo país con mayor proporción de este problema de salud pública después de Guatemala. El gobierno debe diseñar e implementar políticas públicas que tomen en cuenta alimentos que se han dejado de producir por la injerencia de la industria por sobre el valor nutricional y cultural de otros en Los Andes.

Levantando entre sus manos a las mazorcas de maíz como si fueran niños, mamá Josefina advierte: “Sin semillas no hay vida, no hay futuro. Los hanti debemos tener semillas no solo de maíz, sino de medicinas y frutas. Cuando hay semillas, se multiplican los conocimientos. Si no cuidamos, ganando las empresas, con semillas certificadas, vamos a perder también la cultura.”

En tres o cuatro meses, Hampiriypacha se inaugura como clínica kichwa para dar tratamiento con medicina ancestral. En este espacio, los pacientes se convierten en maestros, deben aprender a cuidarse y cuidar a los demás.

La lucha de las  Guardianas de Semillas en  Los Andes es la de otros pueblos, por enfrentar el cambio climático conservando su identidad y también para que se reconozca la soberanía alimentaría a través de sus prácticas culturales.

Este reportaje fue publicado con el apoyo de Climate Tracker. 

Photo by Pamela Huber on Unsplash

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