Por Alejandro Calvillo, POPLAB, 16 de noviembre de 2022.

Como humanidad nos encontramos sumergidos en un umbral que representa el mayor reto para la especie humana. Y en este umbral hay que escuchar el anuncio de Naciones Unidas de que llegamos a ser ya ocho mil millones de personas sobre el planeta en medio de un aumento acelerado de los efectos del cambio climático y con una creciente desigualdad social, donde la riqueza se concentra en cada vez menos manos.

Sin entrar en detalles de los impactos crecientes del cambio climático, consideremos el aceleramiento del aumento de la población mundial. En el año 1900, la población era de aproximadamente 1.5 mil millones, para el 2000 llegamos a seis mil millones y en solamente 22 años alcanzamos los ocho mil millones de habitantes. La clave aquí es el creciente consumo de recursos naturales que el modelo de consumo imperante -de hiperconsumo- ha impuesto. El promedio de consumo por individuo en el planeta ha crecido tan aceleradamente como lo ha hecho la población mundial. La ecuación es insostenible: crecimiento descomunal de la población y aumento descomunal de consumo promedio por cada individuo.

Sin embargo, hay una gran desigualdad en el consumo, hay quienes consumen mucho, de más, adquiriendo productos y servicios totalmente suntuarios, y quienes no alcanzan, la mayoría, a consumir aquello necesario para sobrevivir en condiciones mínimas de bienestar. Esta población pequeña es responsable de la mayor emisión de gases de efecto invernadero. Estos gases permanecen por décadas en la atmósfera. Es decir, las emisiones históricas, la mayor cantidad de concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera provienen de las naciones ricas y por ello, ahora se habla de una deuda de estas naciones con las más pobres que sufren con mayor vulnerabilidad las consecuencias del cambio climático.

Y para descender de lo macro a lo micro hay que poner la atención en la tierra, en el sustrato del cual obtenemos nuestros alimentos. Sin duda alguna, la oscuridad que domina este umbral de crisis civilizatoria, tiene su esencia en la incapacidad de esta civilización de establecer un desarrollo basado en el mantenimiento de la riqueza de la tierra, en el cuidado de sus equilibrios naturales. El Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas ha citado recientemente a Mahatma Gandhi que decía: “El mundo es suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero siempre será demasiado pequeño para la avaricia de algunos”. Y la economía neoliberal tiene como motor central esta avaricia, donde no se toman en cuenta los efectos, los daños, las externalidades de la producción.

La tierra ha sido un objeto primordial de esta avaricia: producir el máximo al menor tiempo y al menor costo. Los resultados son extensiones inmensas de tierras que fueron antes productivas convertidas en paisajes estériles que producen con base en grandes cantidades de fertilizantes, herbicidas y plaguicidas. Obviamente, esta agroindustria acaba con la fertilidad de la tierra, con la riqueza de microorganismos que le dan vida, acaba también con los insectos, con toda la vida animal y la diversidad vegetal. Los daños al tejido natural de este modelo son también daños al tejido social, todo bajo la imposición de quienes controlan esos agroquímicos y las semillas mismas: un puñado de grandes corporaciones globales. Y los efectos son devastadores, en especial, donde las comunidades mantienen parte de este vínculo con la tierra, manteniendo su fertilidad y biodiversidad.

Antes de entrar al caso maya hay que recordar que, la desaparición de una especie, o cuando ésta se ve disminuida su población dramáticamente, el conjunto del ecosistema puede alterarse profundamente. Y esto pasa entre las abejas y las comunidades mayas que mantienen un fuerte vínculo con la tierra.

Uno de los casos más estudiados de estas relaciones entre las especies es el registrado en el primer parque nacional creado en el mundo, el de Yellowstone, donde la cacería acabó totalmente con la población de lobos y a partir de ahí se dispararon las poblaciones de alces que diezmaron la vegetación, lo que afectó a otras poblaciones de herbívoros y provocó la erosión de los márgenes de los ríos y así se desencadenó un proceso de alteración que afectó la diversidad de especies e incluso los cauces de los ríos y el paisaje. Con la reintroducción de los lobos, 70 años después, vino una recuperación, que varios consideraron “milagrosa” del ecosistema.

De igual manera, las sociedades humanas pueden verse alteradas cuando una especie desaparece o disminuye su población. Este es el caso de los productores agrícolas mayas, gran parte de ellos apicultores que mantienen a las abejas para la producción de miel, pero, principalmente, por su labor de polinizadoras. Las abejas son fundamentales para la polinización de cultivos de la región como el achiote, el aguacate, el mango, el café, la calabaza, el chayote, el chile habanero, entre muchos otros.

En México, son comunidades mayas organizadas las que han levantado y mantenido la lucha frente a los agroquímicos. Leydi Pech de la Alianza Koolel Kab, una cooperativa de mujeres mayas dedicadas a la agricultura orgánica y la agroforestería, de la Península de Yucatán, galardonada con el Premio Goldman, llamado el “Nobel Ambiental”, explica que hay una relación profunda en la cultura maya con las abejas, la conservación de las semillas y el cuidado de la fertilidad de la tierra. Pero advierte, nos invaden con proyectos agroindustriales, con siembra de transgénicos, con el uso masivo de agroquímicos, acabando con nuestras abejas, volviendo la tierra infértil, contaminándonos, queriendo acabar con nuestra cultura.

La FAO explica de esta manera la función de los polinizadores: “Para la reproducción vegetal se necesita el traslado del polen desde las anteras, o partes masculinas de una flor, hasta los estigmas, o sea, sus partes femeninas, ya sea de la misma planta o de otras plantas que se encuentren a cierta distancia las unas de las otras. Después de miles de años de evolución y de adaptación a los ambientes locales, cada especie vegetal tiene exigencias específicas para el transporte de su polen; muchas de las cuales dependen de los insectos forrajeadores que lo trasladan de flor en flor. Muchas especies de insectos visitan las flores para buscar su néctar o polen; y mientras lo hacen, transportan los gránulos que contribuirán a la polinización. Las abejas melíferas son fundamentales en este proceso”.

Son estas comunidades mayas las que a través de su resistencia han enfrentado y frenado a las mayores empresas transnacionales de agroquímicos y semillas transgénicas como Monsanto, ahora Bayer-Monsanto. En Yucatán, las comunidades han registrado el uso de 75 plaguicidas, 50 de ellos clasificados como peligrosos, 42 prohibidos en otros países y 26 comprobados como letales para las abejas. Demostrando los daños a las abejas provocadas por el uso intensivo del glifosato en los campos de cultivo de soya transgénica de Monsanto, iniciaron un proceso que llegó a la Suprema Corte de Justicia de la Nación que determinó prohibir esas siembras por falta de consulta a las comunidades.

Naciones Unidas ha llamado, como parte fundamental para el objetivo de un desarrollo sustentable y el combate al cambio climático, al desarrollo de la agroecología, a la recuperación de la fertilidad de la tierra y al uso de bioinsumos en sustitución de los agroquímicos. En este sentido se ha presentado la propuesta de una reforma a la Ley General de Salud en materia de plaguicidas altamente peligrosos que tiene por objeto avanzar en un programa nacional de abandono gradual de estos agroquímicos. La agroecología puede convertir la producción de alimentos en un sumidero de carbono, es decir, en vez de ser una fuente de emisiones de gases de efecto invernadero, puede contribuir a la captura de estos gases recuperando la fertilidad de la tierra.

El reto, como suele ocurrir, viene de los obstáculos interpuestos por los inmensos poderes económicos, por las grandes corporaciones de agroquímicos bien representados en nuestro país por el Consejo Nacional Agropecuario que, se presenta como voz de los productores del campo, cuando en realidad es cabildero de las corporaciones metidas en el sector de los alimentos, desde los agroquímicos hasta la producción de los ultraprocesados, incluso, cabildeando para las propias corporaciones de bebidas azucaradas.

La única alternativa para enfrentar el oscuro umbral en que nos encontramos como civilización, es no seguir haciendo lo mismo y de entender a profundidad el mundo natural que habitamos y sacar provecho de él, sin comprometerlo. El reto es enormemente difícil.

Termino invitándole a escuchar a uno de los jefes de Estado que de la manera más honesta y clara plantea este reto, es el Presidente de Colombia, Gustavo Petro, en esta intervención reciente en París: https://youtu.be/L9fX8qhp7Ys

Imagen de Jean-Michel DUPUYOO en Pixabay 
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