Por Laura Gómez Flores, La Jornada, 25 de septiembre de 2022.

En San Juan Ixtayopan, uno de los siete pueblos originarios en Tláhuac, la producción de maíz ha traspasado generaciones, y aunque “los temporales no nos favorecen porque a veces tenemos mucha agua y otras nos falta, aquí estamos, trabajando la tierra para alimentar a nuestras familias, pues el ir a vender a la Central de Abasto o Jamaica ya no existe, y así evitar que el campo en la ciudad muera”.

La mayoría de las 350 hectáreas, propiedad de igual número de ejidatarios, tienen pocas plantas o están vacías porque la tierra negra, por el exceso de salitre, “ha ido creciendo, pero no dejamos que nos gane”, explica Héctor Dimas Díaz.

De entre las plantas con una hoz en la mano después de “quitar la plaga para que el maíz crezca”, afirma que sembrar “no es negocio y menos con programas como Sembrando Vida, que sólo te da 15 mil pesos al año”.

El riesgo de perder todo existe. “Yo no le veo chiste a sembrar por esa cantidad de dinero, pero lo hago porque realmente me gusta el campo y quiero conservar la herencia de los abuelos y de los suegros”.

Considera que parte de la producción de elote se venderá, pero “es lo menos, porque hay mucha cosecha y mucha competencia, es más de autoconsumo y para alimentar a pollos y borregos, pero tendremos también un poco de nopales, tunas y calabazas”.

Una de las cuatro personas que aún “carga la yunta” en el ejido, Hugo Ismael Arenas, camina entre los canales de tierra acompañado por Pirueta, su yegua, que “no se raja para el trabajo fuerte desde las 7 de la mañana hasta las 2 de la tarde”.

Explica que desde febrero se “siembra la semilla, luego nace la milpa, empezamos a trabajarla con la yunta y después a desyerbar y regarlo, cuando no nos llueve del cielo, ya en agosto, tenemos elote y para octubre juntamos las mazorcas”.

La producción depende de “cómo nos acompañe la temporada. Hemos llegado a recoger 40 bultos por una hectárea, que son alrededor de cuatro toneladas, pero ya no se pueden vender en Jamaica o la Central de Abasto, ya no existe nada de eso”.

El campesino dice que realmente no gana mucho, “sobrevivimos de la cría y venta de animales, y la cosecha de otras verduras, pero aquí andamos porque nos gusta y es una actividad que ha pasado de generación en generación y no la vamos a dejar perder”.

Desde hace 30 años, cuando venía con mi papá, hemos sembrado, recuerda Joaquín Rosas, quien invierte lo que obtiene en su trabajo como albañil en sembrar sus elotes, calabacitas, chícharos y rábanos.

Ha sido una actividad que la familia ha desarrollado desde hace 200 años, “pero el problema desde siempre ha sido la falta de agua, porque dependemos de que llueva, pues la que nos traen en camiones siempre está muy distanciada”.

Precisa que la humedad de la tierra “ha ayudado a que no se sequen nuestras plantas, que ya están grandes, pero sí antes sacábamos tres toneladas, ahorita cuando mucho lograremos una, y no tenemos ningún apoyo del gobierno federal o local”.

Comenta que, al igual que su padre, “más de la mitad de los ejidatarios tienen problemas con la tenencia de la tierra y a eso se suman los cobros por un tractor que en la alcaldía es de 395 pesos por día y en la comisaría ejidal de mil pesos. Muy disparejo, como ve”.

Dice que “todo sale de nuestra bolsa, por el gusto de trabajar la tierra, de comer algo fresco de lo que producimos, porque ni siquiera se vende. Estamos a la buena de Dios, evitando que el campo muera, porque siga existiendo en la ciudad”.

Por eso, Daniel Acaticla expresa que “le echamos muchas ganas y ojalá la gente viera cuánto se trabaja acá para llevarles sus alimentos, como el chile zolote, que deja a la pancita, la carne de puerco o los mixiotes exquisitos”.

La gente del campo necesitamos apoyo del gobierno para salir adelante, “porque la Feria del Elote no es de nosotros, la disfrazan, es de una persona que cobra 5 mil pesos por puesto. Así que por todos lados estamos jodidos, pero no vamos a dejar que nuestras tierras mueran”.

ACO
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