Por Alejandro Calvillo, Sin Embargo, 24 de agosto de 2022.

Las hijas e hijos de la chatarra han venido naciendo en México desde hace ya unas cuatro a cinco décadas. Sus ancestros eran hijas e hijos del maíz, más bien de la milpa, es decir del maíz, el frijol, el jitomate, la calabaza, el chile, los quelites, de todas esas ricas plantas que pueden darse como parte de la milpa.

El paso de ser hijos e hijas del maíz y la milpa a ser hijas e hijos de la chatarra, se dio en un instante, en solamente dos generaciones. El maíz, el corazón de la milpa, tal como lo conocemos, es el resultado de 9 mil años de labor agrícola, de la siembra y selección de semillas para pasar del teocintle, el abuelo del maíz – una vaina con unas cuantos granos – a la enorme variedad de elotes que hoy tenemos con cientos de granos cada uno. El maíz es un producto cultural, una de las más importantes creaciones de una cultura agrícola en el mundo. Octavio Paz se refirió a esta creación diciendo: “el invento del maíz por los mexicanos, sólo es comparable con el invento del fuego por el hombre”.

Todo esto cambió en un par de generaciones, pasamos de ser hijas e hijos del maíz y la milpa a ser hijas e hijos de la chatarra y con ello se destruyó gran parte del sistema alimentario creado durante milenios, un sistema rico en nutrición y con un importante equilibrio ambiental. Al mismo tiempo se destruyó nuestra salud con una de las peores epidemias en el mundo de sobrepeso, obesidad, diabetes y muerte por diabetes.

La invasión de la chatarra, tanto por su multimillonaria publicidad y su omnipresencia, es decir, su presencia en todos lugares, en más de un millón y medio de puntos de venta, como en la captura de la política y la academia para obtener carta de naturalidad y que nada se opusiera a sus intereses, modificó el entorno alimentario de los mexicanos hasta convertirnos en uno de sus mayores consumidores en el Planeta. Coca Cola reporta un millón y medio de puntos de venta en el país, es decir un punto de venta por cada 80 personas.

Las hijas e hijos de la chatarra, desde muy pequeños, antes de aprender a hablar ya distinguen las marcas de las grandes corporaciones de la chatarra que están en todo su entorno, en la televisión, en las calles, en impresos, en todos lados. Son los hijos e hijas de la chatarra el principal blanco de campañas multimillonarias de publicidad, profundamente sofisticadas, son el blanco de los ingenieros en alimentos de estas grandes corporaciones transnacionales.

A partir de cientos de compuestos artificiales, colorantes, saborizantes, texturizadores, aromatizantes, estos ingenieros de alimentos diseñan los productos chatarra, con todos los recursos y la tecnología disponible, con el único fin de hacerlos irresistibles. El gusto, el paladar de los hijos e hijas de la chatarra ha sido exitosamente secuestrado por el diseño adictivo de esos productos, logrando que prefieran hidratarse con bebidas dulces, azucaradas o con edulcorantes químicos más que con agua simple, que les atraigan los sabores, colores y texturas artificiales por encima de los sabores, colores y texturas de los alimentos verdaderos, desplazando así el consumo de frutas y verduras.

Los hijos e hijas de la chatarra, reconocen más a los personajes publicitarios de la chatarra, al tigre, al elefante, al gansito, al felino, al conejo, más que a los grandes héroes de la historia de su país, incluso ya de adolescentes, como lo comprobamos en estudiantes de secundaria.

Los hijos y las hijas de la chatarra ya son adictos a los sabores creados en los laboratorios de los ingenieros de alimentos de las grandes corporaciones, son adictos a las altas cantidades de azúcar, de grasas, de sodio, atraídos por los colorantes, por las texturas de estos productos, por sus sabores intensos, antes inexistentes. Su cerebro se ha habituado a las descargas de dopamina generadas por estas concentraciones de azúcar, y de las combinaciones comprobadamente adictivas del azúcar  con grasa, de las grasas con sal, del azúcar con grasa y sal. El cerebro de niñas y niños se activa así por la chatarra, día con día.

Los hijos y las hijas de la chatarra van a la escuela que se ha convertido en el paraíso de la chatarra. Cada escolar, en promedio, como lo han demostrado diversos estudios, compra tres productos en una sola jornada escolar, consumiendo más de 500 calorías, calorías suficientes para aumentar al menos 3 kilogramos de peso en cada ciclo escolar. Los expertos han entrado a las escuelas de los hijos e hijas de la chatarra para analizar lo que ahí pasa y concluyen sorprendidos que las escuelas a las que asisten los hijos e hijas de la chatarra son fábricas de sobrepeso  obesidad, que las escuelas en el país son fábricas de enfermedad.

Los pediatras los ven aumentar de peso año tras año y ven que se disparan cada vez más sus alergias, una consecuencia más del abandono de los alimentos verdaderos y el consumo de ultraprocesados que alteran el sistema inmunológico.

Y claro, las hijas y los hijos de la chatarra, en su mayoría, no fueron amamantados, recibieron en biberones las fórmulas lácteas elaboradas por la mayor empresa de chatarra en el mundo. La gran mayoría de las madres de las hijas e hijos de la chatarra recibieron la recomendación de dejar de amamantar por parte de sus propios médicos, bastaba cualquier duda de la madre como si tenía suficiente leche, que si no se quedaba con hambre el bebe, que si no lo estaba alimentando adecuadamente, basta cualquiera de estas dudas para que el llamado profesional de la salud le recomiende dejar de amamantar y darle leche de fórmula. Esos médicos han sido formados bajo la influencia de la mayor corporación de las fórmulas lácteas. Esos médicos viajan a sus congresos pagados, financiados, por esa empresa, por esas empresas. Hospedados en sitios turísticos gracias a ese financiamiento. Los miembros de estas asociaciones de profesionales de la salud aguardan con grandes deseos estos congresos de gran lujo.

Mientras, el sistema inmunológico de las hijas y los hijos de la chatarra se encuentra debilitado, los ingredientes de la chatarra dañan la microbiota que tienen en sus intestinos y que es la pieza fundamental de su sistema inmune. Un ingrediente tras otro, edulcorantes, conservadores, colorantes, saborizantes, una gran cantidad de productos sintéticos ingeridos a través de la chatarra golpean y dañan su microbiota, generando procesos inflamatorios recurrentes en los organismos de las hijas y los hijos de la chatarra.

Su país, México, es el botín de las grandes corporaciones de la chatarra, un país sometido durante decenios a sus intereses, donde los políticos se aliaron a ellas, donde las instituciones académicas se pusieron a sus servicios, donde, incluso, la Secretaria de Educación les entrego las escuelas y la Secretaría de Salud los incorporó a organismos para que evaluaran y diseñaran sus políticas. Y paradójicamente, se trata de un país donde hay una gran producción de alimentos saludables, como verduras y frutas de alta calidad, pero no para el consumo de las niñas y los niños, si no para ser exportados. No se producen para salvar a los hijos y las hijas de la chatarra, se producen para obtener grandes ganancias vendiéndolas al exterior con el trabajo casi esclavo de jornaleros agrícolas y con el uso intensivo de agua que escasea ya en muchas de esas regiones en las que se cultiva para exportar.

En el país de los hijos e hijas de la chatarra, el país de los camiones rojos, existe una diversidad enorme de ecosistemas, una gran diversidad de culturas, una gran riqueza y diversidad de alimentos y de platillos que los abuelos de las hijas y los hijos de la chatarra sembraban, que las abuelas de las hijas y los hijos de la chatarra preparaban en exquisitos platillos. Aún están ahí esos platillos, aún está ahí la resistencia, sobrevive en los saberes transmitidos por las mujeres, mujeres que se encuentran, que se reúnen, en las cocinas, son las grandes cocineras mexicanas. En esos alimentos, en esa cultura culinaria, en esa agricultura que resiste, está la medicina de los hijos e hijas de la chatarra.

Como lo dijo el llamado padre de la medicina, Hipócrates, hace alrededor de 2 mil 400 años y que la mayoría de los médicos han olvidado: “Que tu medicina sea tu alimento, y el alimento tu medicina”.

Imagen de Quartzla en Pixabay 
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