Por Mariángeles Guerrero, Desinformémonos, 22 de agosto de 2022.

La Pampa tiene una extensión de 143.440 kilómetros cuadrados, el 3,8 por ciento de la superficie nacional. Debido al avance de la frontera agrícola, con la producción de oleaginosas y cereales, la matriz productiva de ese territorio comenzó a modificarse. Mientras que en el este convivieron por muchos años la ganadería y la agricultura, el oeste era zona de cría de caprinos. A la expansión del agronegocio se suman la escasez de lluvias y el saqueo de dos ríos (Atuel y Salado-Chadileuvú), lo que expone cada vez más a la producción local a una lenta desaparición y a la desertificación de los suelos.

Las características geográficas y climáticas de la provincia explican las condiciones de su actividad agropecuaria. El este reviste características similares a la pampa húmeda, el sector central es un área de transición de tipo semiárido hacia un sector oeste árido semidesértico. En todo el territorio llueve en promedio unos 800 milímetros al año, pero esa tendencia desciende un milímetro en la medida en que se avanza un kilómetro hacia el oeste. Marcelo Mackenzie, productor ganadero del este pampeano grafica: “En la mayoría del territorio de la provincia llueve poco y, donde llueve menos, la distribución es más errática, se da una escala descompensada de humedad donde a veces tenés lluvias muy grandes con muchos milímetros pero después tenés tiempos prolongados sin otras lluvias”.

La provincia cuenta con 7063 establecimientos agropecuarios de los 249.663 que existen en el país, según el Censo Nacional Agropecuario (CNA) de 2018. Son 10.852.993,9 hectáreas de las 154.811.826,8 hectáreas trabajadas a nivel nacional. Asimismo, cuenta con 2.480.885 cabezas de ganado bovino de las 38.523.342 que existen en el país. Del total de la hacienda pampeana, solo 40.770 animales están destinados al tambo. El censo registró en La Pampa 5711 productores. De ese total, solo 1741 afirmó vivir en el campo, mientras que 4736 contestaron que trabajan en el establecimiento productivo.

Agriculturización y corrimiento de la producción ganadera

Oriundo de General Pico, Marcelo Mackenzie es ingeniero agrónomo y productor en el departamento Quemú Quemú, en el este pampeano. Afirma que “en este último tiempo es notorio el proceso de agriculturización y la pérdida de suelos. Lo que logró la siembra directa es extender el área agrícola sobre zonas destinadas a la ganadería, por lo que se agravó el panorama general”. El cultivo de oleaginosas (como el maíz o la soja) y de cereales (como el trigo) ganó las tierras tradicionalmente dedicadas a la ganadería.

Mackenzie cuenta que el este pampeano y el oeste de Buenos Aires es lo que le dio al país la fama mundial de la buena carne. “La clásica invernada de hace cuarenta o cincuenta años se hacía acá. El grano acá era muy riesgoso, y sigue siendo muy riesgoso, pero con las mejoras genéticas y los eventos transgénicos lograron correr la frontera y en zonas donde hubo por 30 o 40 años ‘pasto llorón’, porque eran lomas peligrosas, en todo eso se pasó glifosato y siembra directa. Se están usando las lomas igual que los bajos, que son lo mejor del campo”, cuenta. Pero asegura que no funcionó antes, no funciona ahora y nunca va a funcionar. Cuestiona que “manejamos los ambientes como si fueran homogéneos y es una de las cosas más importantes que debiéramos entender: que cada ambiente tiene su manejo más ‘correcto’ de acuerdo a las posibilidades que nos brinda”.

En el noreste pampeano, comenta Mackenzie, durante años fue habitual la rotación de cuatro años de pasturas por otros cuatro años de agricultura, pero dentro de esa agricultura había verdeos de invierno, maíces para las vacas. “Era un 70 por ciento del campo dedicado a ganadería y cuanto mucho un 20 o un 30 por ciento dedicado a la agricultura. Hoy muchos campos están al cien por ciento de agricultura contínua”, señala.

Explica que la producción ganadera se extendió hacia el oeste y la que quedó en la zona este se intensificó en espacios reducidos y con alimentación a base de maíz. Es decir, se abandonó la tradición del pastoreo vacuno. “Ahora ves en invierno que los animales no están en el campo, están encerrados recriándose”, grafica Mackenzie.

De la superficie implantada relevada en el CNA 2018 que alcanza a 1.699.105 hectáreas, el 45,6 por ciento (774.686) corresponde a cultivos anuales de cereales y oleaginosas.

Según un trabajo de Juan José Torrado, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), ese grupo de cultivos en el CNA 2002 representaba el 33,2 por ciento de la superficie cultivada. El estudio marca un aumento aproximado de 12 puntos porcentuales sobre el total relevado de cultivos, lo que da cuenta del incremento de las tierras destinadas a la agricultura de cosecha.

Por otro lado, entre los censos agropecuarios de 2002 y 2018 el stock medio de bovinos se redujo de 530 cabezas por establecimiento agropecuario (EAP) a 445, lo que significa una caída en la dotación animal por establecimiento. “Esta caída puede ser reconocido como un indicador del grado de capitalización de los establecimientos censados e implicaría una pérdida hacienda. Acerca del número de EAP con existencia bovina, en el CNA 2018 alcanza en la provincia un total de 5977 lo cual implica una reducción del 14 por ciento respecto del CNA 2002”, asegura Torrado.

El impacto ambiental del cambio de modelo productivo

Un estudio del investigador del Conicet Ernesto Viglizzo, citado en la publicación “La problemática de la Tierra en Argentina” del Ministerio de Agricultura de la Nación, analiza que en la región pampeana “el proceso de agriculturización sustituyó un sistema dual (de ganadería y agricultura) por un sistema de especialización de alta productividad, que afecta en forma negativa al suelo y el ambiente en general debido al uso de insumos contaminantes —fertilizantes, plaguicidas, combustibles fósiles— además de una mayor propensión a la erosión de muchas áreas marginales de la región”.

A esto hay que sumarle la deforestación del bosque pampeano para avanzar con la frontera agropecuaria. La situación se evidencia en la zona conocida como Monte Caldenal, que cruza la provincia en sentido sudeste, desde la frontera con San Luis hasta el límite con Buenos Aires. Según el Inventario Nacional de Bosques Nativos, la superficie original del bosque era de 3.500.000 hectáreas en La Pampa. En 2018 quedaban menos de 1.600.000 hectáreas.

Por otra parte, reconoce el citado informe del Ministerio de Agricultura, el cambio en el uso de suelos destinados a la ganadería por la agricultura extensiva afecta en forma potencial al ciclo de inundaciones y sequías. Al reducirse las pasturas en detrimento de los cultivos anuales (con poco aporte de materia orgánica) se reduce la capacidad del ecosistema para amortiguar los ciclos climáticos y reducir sus efectos perjudiciales (inundaciones y sequías extremas). Esto generó, en La Pampa, procesos erosivos y de desertificación.

Así como la agricultura extensiva de cereales y oleaginosas ganó la tierra de las vacas, el ganado bovino fue trasladado progresivamente hacia el oeste de la provincia. María Eugenia Comerci, investigadora y docente de la Universidad Nacional de La Pampa, indica que fue a partir de 2002 que comenzó a darse este proceso: “Los productores trasladan el ganado para la cría a la zona centro de la provincia y hacia la zona más árida, que es el Monte de Jarilla para la cría. El ganado vacuno empieza entonces a competir con el ganado tradicional de la zona, que es el caprino”.

Una tierra sin agua

La Pampa fue creada oficialmente como provincia en 1951. Previamente era «territorio nacional». En 1917 se produjo un corte en uno de los brazos del río Atuel en la localidad pampeana de Santa Isabel, lo que ocasionó el despoblamiento de una colonia agrícola emplazada en las cercanías, llamada Colonia Butaló. En 1930 se cortó otro brazo del río llamado Arroyo Butaló. En 1946 las y los habitantes de Santa Isabel pidieron por un canal de riego para la zona, pero fue desestimado por la construcción de la represa Los Nihuiles (en Mendoza), que finalizó en 1947.

Ese mismo año, el presidente Juan Domingo Perón dictó la resolución 50/49 de Entrega Periódica del río Atuel a La Pampa, donde se estipulaban tres sueltas anuales de siete días cada uno (en enero, mayo y septiembre), con un caudal de 15 metros cúbicos por segundo (m3/s). Pero Mendoza nunca cumplió esa normativa, alegando que el río nacía en su territorio y por ende era la única provincia con jurisdicción sobre él.

En 1987, la Corte Suprema de Justicia de la Nación dictaminó el carácter interprovincial de la Cuenca del Atuel. Tras este fallo se creó la Comisión Interprovincial del Atuel Inferior, con representantes de las provincias de La Pampa, Mendoza y de Nación.

Tal como señala el informe de Florencia Srur, ingeniera en Recursos Naturales y Medio Ambiente, en 2020, la Corte Suprema de Justicia de la Nación sentenció que, en el inicio de La Pampa, desde Mendoza, debe ingresar por el Arroyo de La Barda (único brazo activo del Atuel) un caudal mínimo, permanente e interino de 3,2 m3/s. Este caudal “mínimo” es considerado como la cantidad indispensable para que la flora y la fauna autóctona puedan prosperar luego de 100 años de desastre ambiental. Sin embargo, ese agua sigue sin llegar a La Pampa.

Al conflicto con Mendoza se suma otro con San Juan, por el río Salado-Chadileuvú. Mirta Viola, integrante de la Coordinadora Pampeana en Defensa de los Ríos y el Ambiente (Copaderia), señala que “con los diques que se hicieron en el Salado desde San Juan nos dejaron sin agua. Solo corre algo cuando hay períodos de lluvias grandes y se hacen sueltas o cuando hacen limpieza de las acequias y largan el agua que no tiene calidad. Eso corre por el Atuel, pero un tramo nada más”. La zona está dentro de la diagonal árida sudamericana, con precipitaciones inferiores a los 400 milímetros. La problemática del río generó desertificación y procesos migratorios internos por la falta de agua.

Este año se presentó el Informe Técnico de Avance del Estudio del Caudal Ambiental del río Desaguadero-Salado-Chadileuvú-Curacó, realizado por la Universidad Nacional de La Pampa. Allí se evaluaron los daños ambientales resultantes de la nula escorrentía fluvial que afectan a la porción pampeana de la cuenca. Este impacto, señala el análisis, se traduce en el deterioro de las funciones ecológicas del ecosistema fluvial, en la pérdida de la conectividad hídrica y biológica del mismo, en el deterioro de las actividades productivas y en el empobrecimiento de las poblaciones ribereñas y el menoscabo de sus rasgos culturales.

Desde el oeste pampeano, la productora de caprinos Alejandra Domínguez, integrante de la rama rural del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) resume: “El problema acá es que si querés trabajar la tierra, no llueve. Nosotros vivimos sobre el río Atuel y todo es salitre; al no venir el río, el salitre se levanta más. Tenemos el jagüel, que es el pozo donde toman agua los animales y, si el río no corre, el agua se pone muy salada”. La situación se agudiza más si se tiene en cuenta que en la zona llueven 400 milímetros anuales. La productora concluye: “Si no tenés agua, no tenés nada”.

Los puestos del oeste, tierra campesina en resistencia frente al agronegocio

En el oeste de La Pampa viven familias campesinas que se autodenominan puesteras. Históricamente —cuenta María Eugenia Comerci— se dedicaron a la cría de cabras y de ovejas, aunque algunas también tienen huertas, aves de corral y caballos. La clave de su práctica productiva es el uso conjunto del terreno pastoril. Al respecto, Comerci brinda un ejemplo: “En Paso Maroma y en Chos Malal, en el límite con Mendoza, las familias ejercen la posesión sobre tierras privadas o fiscales y desarrollaron acuerdos para el uso compartido del espacio de pastoreo”.

En la zona se estima la existencia de 500 puestos. Este sector, dominado por el monte occidental, abarca cinco departamentos, más de un tercio de la superficie provincial y cuenta con sólo el 4,6 por ciento del total de los habitantes. En su estudio titulado “Territorialidades campesinas. Los “puestos” en el oeste de La Pampa (Argentina)”, Comerci señala que “la fuerte demanda de tierras valorizadas especialmente para la ganadería vacuna, relocalizada del sector oriental donde avanzó la sojización, promovió el interés inmobiliario por los campos, acciones de compra-venta, el cercado perimetral de los predios, y con ello, una nueva configuración regional y en la dinámica interna de los puestos”.

Comerci agrega, en diálogo con Tierra Viva: “El cercado de los campos condiciona las prácticas de pastoreo e implica una apropiación de los bienes comunes, dificultades para circular porque los caminos se cierran, dificultades en el acceso a ciertos recursos y otras problemáticas producto del avance del capitalismo en estos espacios donde resisten familias campesinas”.

También hay otros procesos asociados, cuenta la investigadora, como la actividad hidrocarburífera en el departamento Puelén o los cotos de caza —promovidos por el Estado— en la zona del Monte Calel.

La productora del MTE-Rural y presidenta de la cooperativa Agropecuaria Regional de la que participan 50 puesteros de Chicalcó y Algarrobo, Alejandra Domínguez, cuenta que de abril a agosto es el período más complicado porque no hay alimentos para los animales y no hay agua por la falta de lluvias. “Las cabras tienen cabritos una vez al año pero como pequeños productores tenemos que hacerlo dos veces por año. Si tenés buena alimentación lo podés hacer, si tenés buen pasto”, relata. Añade que comprar fardos y rollos no sirve: “La chiva siempre tiene que comer algo verde, cosa que no hay porque no llueve”.

La puestera cuestiona que el gobierno provincial no se haga eco de estos problemas. “Podría ayudar con alimentos, con pastos, con maíz pero no sucede. Te dan cinco bolsas de alimentos de 25 kilos y con eso no hacés nada. Te alcanza para 15 días”, lamenta. Una bolsa de 35 kilos de maíz tiene un precio de 2000 pesos. En promedio, al mes y sin llover, se necesitan unas cincuenta bolsas por puesto. “También tenemos gallinas, patos y pavos para autoconsumo. Esos animales también comen maíz”, dice Domínguez.

La organización en forma de cooperativa —explica Domínguez— se originó para poder acceder a créditos para la compra de alimentos. Pero al poco tiempo vieron que, colectivamente, podían lograr más cosas. Hasta el momento pudieron abrir una planta de alimentos balanceados en Santa Isabel y comprar un camión refrigerado para trasladar la producción. “Compramos el camión para traer maíz de General Pico y llevar los cabritos ya faenados. Es decir: una venta directa, sin intermediarios, desde el productor al consumidor”, reivindica la presidenta de la cooperativa.

Territorio pampeano en manos extranjeras

Respecto al régimen de tenencia de la tierra, los resultados definitivos del CNA 2018 arrojan que el 69 por ciento de la superficie de las parcelas corresponde a propiedad. Le siguen la modalidad de arrendamiento, con el 19 por ciento. En La Pampa el porcentaje de arrendamiento de los establecimientos agropecuarios delimitados es de 2.243.853 hectáreas sobre un total de 10.852.993, mientras que el régimen de propiedad es 7.368.932.

Según datos del Registro Nacional de Tierras Rurales de 2018, capitales suizos compraron tierras en la zona norte y noreste de La Pampa por un total de 13.723 hectáreas. Era el total que, entonces, informaba el organismo nacional que se encontraba en manos extranjeras en la provincia. Las empresas Fiduza, Oleaginosa Moreno y Fertilo Agropecuaria (todas suizas) se distribuían la tenencia de esas tierras en las localidades de Carro Quemado, General Pico, y Lonquimay.

Tres años después, en 2021, según el director del mencionado registro, Miguel Unamuno, el número de hectáreas en manos foráneas aumentó a 340.780 hectáreas. El funcionario expuso que el departamento Atreucó está en el primer lugar con el 7,44 por ciento de sus tierras en manos extranjeras, le sigue el departamento Loventué con el 5,77 por ciento y en tercer lugar, con el 3,59 por ciento, se encuentra Quemú Quemú. Los tres departamentos con mayor cantidad de tierras en manos extranjeras se encuentran en el noreste pampeano, donde avanza el proceso de agriculturización.

En alerta por el trigo transgénico

La Copaderia se conformó originalmente en defensa de los ríos pampeanos, pero “los ríos no están solos sino que hacen al ambiente y a la calidad de vida de los pampeanos”, sostiene Mirta Viola, integrante de la coordinadora y enfermera. En 2019, el Instituto Nacional del Cáncer informó que La Pampa es la tercera provincia con mayor porcentaje de casos de cáncer, después de Santa Fe y Córdoba. En el mismo sentido que los testimonios de los productores, Viola hace hincapié en el cambio de la matriz productiva por la agriculturización y denuncia el uso de agrotóxicos.

“Esto significa problemas de salud respiratorios, de piel, tumores. Pero hay una connivencia desde el Estado para no investigar e informar públicamente sobre los problemas de salud que esto está trayendo”, denuncia. En 2020, gracias a la presión de las asambleas pampeanas, se sancionó una ley que establece 500 metros de protección para casas y escuelas rurales respecto a las fumigaciones terrestres y 1000 metros para las aéreas. Pero la normativa aún no fue reglamentada. Mientras tanto, la Copaderia sigue reclamando al Estado los controles del cumplimiento de esa Ley.

A la falta de implementación de la normativa vigente se suma la amenaza del cultivo del trigo transgénico HB4 (de la empresa Bioceres-Indear), publicitado como resistente a la sequía, lo que lo haría «ideal» para las condiciones climáticas pampeanas. Según un informe del Ministerio de Agricultura de la Nación, de las 52.755 hectáreas sembradas en 2021 con este evento transgénico, 4366 (8,3 por ciento) corresponden a La Pampa. Sin embargo, desde el Estado provincial parecen desconocer esta situación.

“Desde la Copaderia tuvimos una reunión con el Subsecretario de Ambiente al respecto, pero nos dijo que no tenía conocimiento de que se estuviera cultivando”, denuncia Viola. El encuentro fue a fines de 2021. “El trigo transgénico nos parece altamente peligroso, mucho más que los cultivos que usan glifosato, porque el glufosinato de amonio es 15 veces más tóxico”, advierte.

La agroecología no es un movimiento masivo pero es creciente”

La Pampa cuenta desde 2020 con la Ley 3298 de la promoción de la agroecología, que aún no fue reglamentada, pese al reclamo de una decena de productores pampeanos que ya iniciaron ese proceso. Sin el debido acompañamiento estatal, las experiencias siguen creciendo. Marcelo Mackenzie cuenta que está “en transición, como mucha gente”. En este momento más del 60 por ciento de su campo Plenilunio, de 621 hectáreas, se trabaja sin químicos.

“Lo primero que me llevó a cuestionarme el modo de producción es que cuando llovía en el campo yo no sentía olor a tierra mojada. Con el tiempo y estudiando, con los saberes por fuera de la academia, empecé a encontrar respuestas —valora el productor—. El olor a tierra mojada te lo dan los microorganismos. Eso me indicaba que estaba pagando en dólares para esterilizar mi suelo y dejarlo sin microbiología, que es lo que nos aporta los nutrientes”.

En 2016 comenzó el camino de la transición. “Tomé conciencia de que si no tenía un buen suelo era muy difícil tener una planta bien nutrida y en consecuencia animales bien nutridos”. Mackenzie reflexiona: “El paradigma dominante es muy exitoso porque la degradación es un proceso muy lento. Por más que estemos entusiasmados con la agroecología no es tan fácil convencer a la gente porque el proceso inverso también es lento”.

Añade que las consecuencias del paquete tecnológico de siembra directa y agrotóxicos son reversibles, “pero cuanto más se tarda en revertir el proceso, el resultado es más pobre y el tiempo que lleva es mayor”. Por eso el acompañamiento del Estado se vuelve necesario: “Se dice pero no se hace, porque la reglamentación de la Ley de Agroecología corresponde al Ejecutivo y eso facilitaría más la producción”.

El productor considera que los suelos de La Pampa, exigidos por los cultivos anuales de soja, maíz y trigo, pueden recuperarse mediante la ganadería. Pero no cualquier ganadería: los animales tienen que ser pastoriles. “Hoy los catálogos de inseminación muestran animales para ser terminados con maíz y en feedlot. El ser humano está yendo en contra de la naturaleza”, describe. Por eso destaca: “Quizá por ahora no somos muchos, tomar la decisión no es fácil, pero estamos convencidos de la transición. La agroecología es un movimiento silencioso que hoy no es masivo pero es creciente”.

* Este artículo cuenta con el apoyo de la Fundación Heinrich Böll Cono Sur.

Publicado originalmente en Agencia Tierra Viva

Imagen de Pedro Toconás en Pixabay 
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