Por Eugenio Fernández Vázquez, Pie de Página, 25 de julio de 2022.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) anunció esta semana la actualización de su Lista roja de especies en peligro de extinción y advirtió de que la mariposa monarca se considera ahora en peligro, “amenazada por la destrucción de su hábitat y por el cambio climático”. Sus enemigos son, en cuanto al hábitat, el crimen organizado en Michoacán y, sobre todo, la agricultura industrial en Estados Unidos, que ha provocado el declive gradual de las poblaciones de este bellísimo insecto desde hace más de medio siglo.

Las mariposas recorren casi toda América del Norte en su migración, que toma varias generaciones. Una primera generación sale de distintos puntos al sur de Canadá, atraviesa medio continente y llega a los bosques de pino y oyamel en la frontera entre Michoacán y el Estado de México en las últimas semanas de octubre o las primeras de noviembre, aunque las poblaciones más occidentales se quedan en California. Las que vienen a México emprenden el regreso al norte justo cuando el invierno se hace menos crudo e inicia la primavera —como a mediados de marzo, aunque su partida puede adelantarse o atrasarse hasta un mes—. Sus hijas y sus nietas pasan la primavera en las planicies del centro occidente de Estados Unidos (el Midwest) y una nueva generación parte después hasta Canadá, donde nace la generación que llegará de vuelta a México al año siguiente.

Desde hace años se sabe amenazada a esta especie, aunque la fuente de esas amenazas ha cambiado a lo largo de las últimas tres o cuatro décadas. En los años 1980 y 1990, por ejemplo, se acusaba a los campesinos de Michoacán y el Estado de México de deforestar para ganar terrenos agrícolas y, con ello, destruir el hábitat de las mariposas. Sin embargo, desde hace muchos años las tasas de deforestación ahí son relativamente bajas, aunque el crimen organizado sigue haciendo estragos y hace dos años, por ejemplo, Homero González fue asesinado por su trabajo en defensa de esos bosques.

En los últimos años, sin embargo, se ha hecho cada vez más evidente que los problemas no se limitan a sus sitios de hibernación, sino que plagan todo el territorio que ocupa este insecto. Hoy se sabe con relativa certeza que una causa importante de la caída en las poblaciones de mariposas se debe a la reducción de la abundancia de asclepia, la planta de la que se alimentan las generaciones que viven en Estados Unidos. Por mucho tiempo se pensó que ese declive era responsabilidad del glifosato, pero, después de un titánico esfuerzo por documentar la abundancia de las mariposas aún antes de que se las monitoreara de cerca, los investigadores Boyle, Dalgleish y Puzey hallaron que el declive de sus poblaciones no se debía únicamente al glifosato, sino a la agricultura industrial en general, que destruye todo lo que no sean sus cultivos.

Algunos, como Eduardo Rendón, de WWF México —una de las organizaciones que más de cerca ha trabajado con las monarcas y su hábitat—, ven el anuncio de UICN con encomiable optimismo, como “una oportunidad para la especie”, porque los gobiernos de Canadá, México y Estados Unidos ahora tienen bases científicas para actuar en la materia. Las cosas, sin embargo, pueden ser mucho más tristes que eso.

La inacción ante el declive de la mariposa monarca no es cosa de ignorancia, sino de falta de voluntad y de insistencia en que hay que crecer eternamente, aunque vivamos en un planeta finito. Hace mucho tiempo que sabemos que el uso de combustibles fósiles provoca la crisis climática, como hace tiempo que se sabe que la pérdida de la asclepia acaba con las mariposas. Ocurre, sin embargo, que la defensa del planeta, de su belleza y de sus servicios ha quedado de lado frente la urgencia de los gobernantes por servir a los grandes capitales del agro.

Ésta es apenas una más de las pérdidas a que nos abocamos en las próximas décadas por culpa del cambio climático y de los estragos en el campo y los bosques. Sería hora de que los gobiernos pusieran manos y reglamentos a la obra para frenar tanta destrucción.

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