Por Patricia Ruiz, Pijama Surf, 09 de abril de 2022.

La alimentación es un derecho humano básico. Probablemente el más importante, primero porque el alimento es la fuente de nuestra subsistencia y, segundo, porque no todas las culturas resuelven el problema de la alimentación de la misma manera. Cada cultura consigue el alimento de formas distintas, no en todas las regiones hay los mismos alimentos, cada cultura ha desarrollado técnicas diferentes para procesar sus alimentos, y cada cultura construye su identidad alrededor de la comida.

Uno de los mejores ejemplos es el maíz. El maíz tiene su origen en Mesoamérica y los primeros indicios de su domesticación se encuentran en el valle de Tehuacán (estados de Puebla y Oaxaca en México). Los olmecas y los mayas cultivaban distintas variedades de maíz y lo procesaban a través de la nixtamalización. El maíz era tan importante (y lo sigue siendo) que fue el elemento principal de constitución de la identidad prehispánica. En el Popol Vuh, los primeros cuatro hombres (Balam Quitzé, Balam Akab, Mahucutah e Iqui Balam) fueron hechos con maíz.

Se dice que ellos sólo fueron hechos y formados, no tuvieron madre, no tuvieron padre. Solamente se les llama varones. No nacieron de mujer, ni fueron engendrados por el Creador… […] Y como tenían la apariencia de hombres, hombres fueron; hablaron, conversaron, vieron y oyeron, anduvieron, agarraban las cosas eran hombres buenos y hermosos y su figura era figura de varón. -Popol Vuh, capítulo II

Aunque el maíz se cultiva en toda Mesoamérica, no todas las culturas lo cultivaban igual, ni lo consumían de la misma manera. Por ejemplo, en México podemos decir que hay una cultura de la tortilla, a diferencia de Colombia o Venezuela, donde el maíz también es un alimento constitutivo de la identidad pero se consume en forma de arepa, así que podríamos decir que Colombia y Venezuela son las culturas de la arepa. Y así con cada uno de los países latinoamericanos.

De acuerdo con Emanuel Gómez Martínez, académico de la Universidad Autónoma de Chapingo, el mapa del hambre coincide con los países en donde hay más población indígena (guardianes y perpetuadores de las raíces alimentarias). Los países son: México, Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia. El acceso a la alimentación es un indicador de bienestar; tan sólo en México, en 2015, el 21% de la población estaba en situación de pobreza alimentaria. Esto significa que “no tienen la capacidad de resolver sus necesidades básicas de alimentación por falta de ingresos, de capacidades productivas, de empleo o por exclusión económica por ser indígenas o campesinos”. Lo anterior resulta paradójico, pues quienes se encuentran en pobreza alimentaria son parte de la población indígena y/o campesina y al mismo tiempo son los mayores productores de alimentos.

En 1996, la Cumbre Mundial de la Alimentación convocada por la FAO definió por primera vez el concepto de seguridad alimentaria. Tener seguridad alimentaria significa que se tiene acceso físico, social y económico a los suficientes alimentos nutritivos para satisfacer necesidades de energía diaria y las preferencias alimentarias para llevar una vida sana. Esta es la definición oficial de la FAO. Sin embargo, en esa misma cumbre, las organizaciones campesinas introdujeron una definición mucho más específica de lo que significa la soberanía alimentaria. Esta definición contempla la capacidad de los pueblos de decidir lo que se produce y lo que se consume, así como la protección que los Estados deben proporcionar contra los monopolios agroindustriales.

Uno de los grandes problemas para alcanzar la soberanía alimentaria son las políticas públicas que obedecen a un sistema neoliberal en el que los mercados financieros benefician a los monopolios agroindustriales. En el caso mexicano cabría preguntarnos: ¿cómo es posible que el gobierno de un país como México decida darle prioridad a las grandes empresas en lugar de privilegiar la producción campesina? Esta producción es el resultado de miles de años de conocimientos sobre cultivo, producción, consumo y protección de la gran biodiversidad de flora y fauna que hay en México. Y además, no sólo se trata de la protección de un bien “material” y de consumo básico para nuestra subsistencia sino del resguardo, protección y perpetuación de las culturas milenarias y sus cosmovisiones. A fin de cuentas, las culturas prehispánicas llevan más tiempo en territorio americano que cualquier modo de producción neoliberal. ¿Qué lugar tienen estas culturas, sus cosmovisiones y su sabiduría?

Le debemos a los movimientos indígenas la redefinición o por lo menos la inclusión de una definición mucho más amplia del concepto de autonomía, y la redefinición del concepto de autonomía alimentaria. Como elemento central de ello está la reproducción de la cultura en un territorio determinado que se maneja de manera colectiva.

Cuando se habla sobre los derechos alimentarios de los pueblos indígenas, la autonomía se explica por la capacidad que tienen los productores de decidir sobre sus sistemas de producción (comercial o de autoconsumo), el tipo de insumos (químicos u orgánicos) y el tipo de semillas que se van a usar para los cultivos (nativas, híbridas comerciales o transgénicas). Así, podemos ver que en la práctica, la autonomía de los pueblos indígenas se acerca mucho al concepto de soberanía alimentaria planteado en foros internacionales desde hace por lo menos 25 años.

Cuando se da prioridad a prácticas monopólicas y a empresas transnacionales, se pone en riesgo el sistema agrícola tradicional mexicano: la milpa (del náhuatl milpan, de milli, “parcela sembrada” y pan, “encima de”). En la milpa conviven cultivos de maíz, frijol y calabaza y además se pueden incluir policultivos intercalados con la milpa, como el cafetal con plátano en los alrededores de la milpa o cultivos básicos como chayote, chile, hierbas medicinales y todo tipo de hortalizas. Tener variedad de cultivos enriquece la tierra haciéndola más fértil, de manera que se garantiza el cultivo y la cosecha de los distintos alimentos básicos de la dieta mexicana. Como dijimos, no sólo se trata de la necesidad básica de subsistencia sino de una cosmovisión en la que los alimentos y su consumo, la dieta y las diversas formas de cocinar, son de las máximas expresiones de la identidad cultural.

Proteger un sistema como la milpa es proteger la identidad cultural del país pues, como bien dice el dicho: sin maíz no hay país. Proteger a la milpa es proteger el suelo y la tierra, proteger sus nutrientes para garantizar una cosecha rica. Proteger a la milpa es proteger a las culturas que nos anteceden; es acercarnos a cómo se produce lo que comemos, a valorar y regresar a nuestras raíces. Aunque “lo mexicano” no es homogéneo, a grandes rasgos sí podemos decir que uno de los elementos constitutivos de nuestra identidad nacional es el maíz. Protejámoslo.

Foto de Jen Theodore en Unsplash
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