Por Eugenio Fernández Vázquez, Pie de Página, 10 de mayo de 2022.

Sin insectos, murciélagos o aves que polinicen las plantas moriremos de hambre, y hacia allá nos está llevando el cambio climático. Según un estudio recién publicado en la revista Nature, esta crisis llevará a la extinción sobre todo a insectos en los trópicos del mundo, porque están habituados a temperaturas relativamente constantes y no podrán sobrevivir los mayores rangos que enfrentan ya en nuestros días. Sin embargo, ese mismo estudio encontró que en entornos de agricultura de baja intensidad, sobre todo si las parcelas cultivadas están rodeadas o entremezcladas con terrenos forestales, la pérdida de insectos se mitiga, si no en su totalidad, sí a niveles mucho más manejables. Hacia allá tendríamos que apuntar.

Prácticamente la totalidad de las plantas cultivadas comestibles de México —un 85 por ciento, según datos de Sosenski y Domínguez— depende de su polinización por especies animales para dar frutos, para sobrevivir y para alimentarnos. Sin embargo, esa polinización está en grave riesgo porque el aumento de las temperaturas pone en peligro a los insectos que la realizan y la agricultura industrial y la deforestación empeoran las cosas todavía más.

Según el nuevo trabajo publicado en Nature, firmado por Outhwaite, McCann y Newbold, en parcelas con cultivos de alta intensidad, que usan muchos pesticidas y fertilizantes, ya sea para la producción de alimentos o plantaciones forestales, “la abundancia y la riqueza de especies se redujeron 45 por ciento y 33 por ciento,” respectivamente, en esos terrenos respecto de los de vegetación primaria. El daño, en cambio, es de más o menos la mitad en terrenos sometidos a una agricultura menos intensiva, de 19 por ciento y 22 por ciento, respectivamente.

Outhwaite y sus colegas encontraron, además, que mientras más cobertura forestal hay en torno a los terrenos cultivados menor es la pérdida de abundancia y diversidad de insectos. Si se trata de parcelas con baja intensidad agrícola rodeadas de zonas con al menos un 75 por ciento de cobertura forestal, la abundancia y diversidad de especies se reducen apenas un 7 y un 5 por ciento, respectivamente. En cambio, donde apenas queda un 25 por ciento de cobertura arbórea diversa se pierden casi dos terceras partes de los insectos.

Los terrenos con baja intensidad agrícola y con gran cobertura forestal cercana no son raros en México. Se trata, por ejemplo, de los terrenos con milpas cercanos a las tierras del café que abundan en las serranías del sur del país, o que están justo en la frontera con los bosques de pino y encino que cubren las montañas desde Chiapas hasta Chihuahua. Es el caso también de los terrenos agrícolas de comunidades indígenas de la península de Yucatán o de las zonas bajas de Chiapas que se ubican en los lindes de las selvas tropicales.

Hasta ahora, el país ha hecho poco por adaptarse al cambio climático. En materia de prevención de desastres, por ejemplo, la respuesta ha sido más de lo mismo y se ha centrado en la infraestructura hídrica con tubos y cemento. El grueso de los presupuestos, por lo demás, van dirigidos a coberturas y seguros para productores, de tal forma que se les permita capotear golpes que se asumen pasajeros pero que serán cada vez más permanentes. La investigación de Outhwaite y sus compañeros indica un nuevo camino a seguir.

Si México pusiera el énfasis en la recuperación y restauración de los bosques no con parcelas de frutales o plantaciones monoespecíficas de árboles maderables, sino de verdad, con especies diversas —aunque enriqueciendo esas parcelas para aumentar su productividad económica por la extracción de maderas preciosas, por ejemplo—, se ganaría mucho en resiliencia ante la crisis que se avecina. Si además de eso este gobierno y los que siguen se tomaran en serio la urgencia de transitar a una economía regenerativa, a una agricultura de cadenas cortas, orgánica, campesina, podríamos adaptarnos mucho mejor a una situación que se antoja, desde ya, inevitable.

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