Por Arquímedes Bolito González*, Pie de Página, 31 de agosto de 2021.

Hijos e hijas de la lluvia, del maíz y del fuego, somos del sur de Guerrero, pueblos en resistencia ante la marginación, la desigualdad y la exclusión social; somos pueblos indígenas nahuas y, el estado mexicano tiene una deuda con nosotros desde hace décadas.

Las y los jornaleros agrícolas de la Montaña de Guerrero hemos denunciado la muerte, el maltrato, la violación de nuestros derechos humanos, desde que decidimos migrar para buscar recursos para sobrevivir; nos vamos de nuestras comunidades, en el camino y en los campos a los que llegamos, enfrentamos múltiples situaciones que ponen en riesgo nuestras vidas; para las empresas y para el gobierno mexicano, pareciera que somos ciudadanas y ciudadanos de cuarta categoría, aquí se aplica la frase “sálvense quien pueda”.

Muchas personas se preguntarán: ¿Por qué salen de sus comunidades?, ¿Por qué vienen a los campos a sembrar y por qué no mejor siembran en sus tierras?

Permítanme dar algunas respuestas: en la montaña de Guerrero, de los 19 municipios que la conforman, 14 de ellos son de alta marginación (CONAPO, 2020), en ellos habitan pueblos mixtecos, tlapanecos y nahuas; viven en una geografía de montaña, donde existen pendientes que no permiten sembrar alimentos en grandes hectáreas; y aunque se sembrara, la tierra no es fértil y el clima no contribuye para el crecimiento de las milpas porque es frío y es alto. Por otro lado, tampoco es una opción vender sus productos locales ya que las familias que salen a venderlos a las cabeceras municipales se enfrentan con la discriminación, y desvalorización de su trabajo; en los mercados siempre les piden rebaja, les dicen que sus productos no están buenos porque están pequeños, no son grandes como a la gente citadina les gusta.

El ojo de la gente prefiere seleccionar productos por su tamaño y no por su calidad.

En el consumo de productos locales, no se valora el trabajo de un campesino ni de una campesina, es triste observar a las compañeras de las comunidades en las banquetas, tendiendo un cartón en el piso en donde colocan sus productos para ofrecerles, ya que no pueden venderlos en el mercado por lo que esto significa pagar un costo por un local, y no existe un mercado para las comunidades de la región que sea accesible. En lo que respecta a la educación y a la salud ni hablar; se ha evidenciado, y aún más con la pandemia de Covid-19 que las comunidades indígenas son las más vulnerables, porque no tienen acceso al agua, ni Centros de Salud, ni información oportuna y suficiente para hacer frente a esta enfermedad que se ha llevado a varias personas, las cuales no aparecen en las estadísticas. La educación si ya era de por sí, una posibilidad que podían gozar pocos, con la pandemia se ha incrementado esta brecha, pues hay muchos jóvenes que han decidido no continuar con los estudios y los que siguen estudiando ha sido más deficiente la calidad porque no tienen acceso a tecnologías como el internet o una computadora, ya que sólo contestan tareas a través de ciertas guías que les dan las y los maestros, y no tiene ningún tipo de apoyo para resolverlas. La infraestructura de algunas escuelas es de pésima calidad, aún hay escuelas que están construidas de madera o cartón.

Otra situación que ha afectado por la pandemia es la economía, las tiendas se cerraron, no había más trabajo, no dejaron vender en las calles; nos encerramos en nuestras comunidades, y si de por sí estábamos ahorcados, con esto fue más difícil. Se decidió emigrar porque es la única opción que se tuvo, no hubo de más, era huir o morir. En los campos tampoco fue fácil, nadie nos protegió, pero aun así luchamos en los surcos para que otros se queden en casa, solo escuchábamos en la televisión o en la radio “quédate en casa” que sigue hasta ahora, pero nosotros no podemos.

A los que tienen trabajo fijo tal vez les va mejor, pero a nosotros no, le tenemos que entrar a trabajar los surcos, pizcar hortalizas para que haya alimento en las mesas de las familias, sobre todo de las ciudades; las cuales, creo que poco se preguntan, cuándo van al mercado, ¿qué mano sembró y cortó el jitomate?, sin las y los jornaleros sería difícil sobrevivir, porque habría escasez de alimentos, y ¿quién habla de las y los jornaleros? Parece que muy pocos.  Aun cuando enfrentamos la muerte, ni siquiera hay recursos ni para el traslado a nuestras comunidades, ni para la caja. ¡Qué dura es la vida con nuestros hermanos y hermanas jornaleras.

*Enlace Comunicación y Capacitación A.C. Coordinador-Región Montaña de Guerrero, organización integrante de la Red Nacional de Jornaleros y Jornaleras Agrícolas, para la Alianza Campo Justo.

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