Por Abraham Bote, La Jornada Maya.

Era vista como un ser espiritual y vital para sus actividades

La abeja melipona, sin aguijón, es de los pocos vestigios de la cultura maya que siguen vivos en la actualidad: es muestra de la sobrevivencia de esta civilización; fue de suma importancia pues no sólo la criaban, sino también formaba parte de su cosmovisión. Era vista como un ser espiritual y vital para sus actividades

Los productos derivados de las abejas eran usados para rituales y ceremonias, pero además servían para tratar varios males y enfermedades, reveló Arturo Victoria Pérez, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH)

El arqueólogo ha encontrado diversas muestras que evidencian que los mayas prehispánicos practicaban la meliponicultura, que si bien -con el paso del tiempo y la introducción de otras abejas no nativas- se ha ido perdiendo, aún queda rastro del esplendor de esta antigua civilización.

De acuerdo con Victoria Pérez, a lo largo de la época prehispánica maya siempre hubo una continua relación entre las abejas y los mayas que habitaron las regiones del sureste mexicano, y parte de Centroamérica. Estaban presentes en varios ámbitos de su vida.

Esto se puede apreciar en varios planos, precisó el especialista, desde la cosmovisión, tenían un lado simbólico, en la práctica económica, en festividades y ritos; los diferentes usos que los mayas le dieron a sus productos de la cosecha derivados de la crianza de estos insectos.

“Los mayas le dieron un valor muy especial a los productos de la abeja: la miel y cera, era un endulzante, se consideraba como algo que mejoraba la condición de salud, sobre todo de los niños, y un objeto de comercio, tributo”, subrayó.

Pero también, agregó, tenía usos medicinales, se mezclaba con algunas bebidas para curar varios malestares, también la miel era pieza fundamental en las ceremonias, rituales relacionados con el periodo agrícola, cultivo del maíz y para endulzar la bebida sagrada de los mayas: el balché.

En cuanto a su valor espiritual y religiosos, expuso que la cosmovisión de los indígenas mayas contemplaba que todos los elementos tenían un lugar en el cosmos: personas, árboles y animales; entonces, la abeja ocupó un papel relevante en varios mitos y creencias que tenían sobre el monte, la agricultura y el clima.

El cultivo de esta milenaria abeja sin aguijón, de acuerdo con el experto, empezó entre el año 300 y 400 A.C; se realizaba en los traspatios, huertos, solares de los asentamientos; las criaban en una especie de palapa, elaborada con materiales orgánicos y sin pared, abierta. Las colmenas eran troncos huecos, conocidos como hobones, se creaba un orificio en medio, donde entraban y salían las abejas, y en los extremos se colocaban tapas hechas de piedra, concha, barro o madera.

En sus investigaciones, y gracias a los restos de la arquitectura que soportó los apiarios que han encontrado, han podido comprobar que la meliponicultura en realidad nunca desapareció, se mantuvo durante la época colonial hasta el siglo XIX. Cuando empezó la introducción de otras especies, las cuales van sustituyendo el cultivo de abejas nativas, se redujo mucho la actividad, pero algunos siguieron practicando este saber ancestral.

Abeja nativa, amenazada

Las abejas, en general, están amenazadas por la deforestación y el uso de agrotóxicos. Específicamente la melipona corre riesgo porque va disminuyendo su práctica, pues al no producir tanta miel, muchas personas no la cultivan; además, se van extinguiendo los conocimientos y los últimos restos del legado maya.

“La abeja melipona representa una especie nativa que evoluciona con la flora del estado, es producto de las condiciones ambientales y culturales de esta zona”, resaltó.

Ante estos riesgos de desaparecer, opinó que es necesario que la práctica de la meliponicultura maya sea considerada como patrimonio cultural, natural e intangible de la humanidad.

Ecosistemas menos hostiles

Además, otra propuesta, dijo, podría crear asentamientos urbanos o dotarlos de las condiciones que vayan acorde al desarrollo de las abejas, con una vegetación y flora propia para ellas; polinífera. “Que tengan un ecosistema menos hostil y muchos más acorde a sus condiciones que necesitan para sobrevivir”, indicó.

Arturo Victoria Pérez, funcionario del INAH, opinó que para preservar a las abejas meliponas podrían crearse asentamientos urbanos y dotarlos de condiciones que vayan acorde con el desarrollo de las abejas, con una vegetación y flora propia para ellas. “Que tengan un ecosistema menos hostil y muchos más acorde a sus condiciones, las que necesitan para sobrevivir”, indicó.

Esto, detalló, favorecería más al desarrollo, reproducción y preservación de estas especies, que están en riesgo por la falta de áreas verdes para la polinización, algo de suma importancia para el ciclo de la reproducción de más plantas.

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