Por Virginia Bolton, Biodiversidad LA, 18 de marzo del 2021.

EDITORIAL

Gran parte de las personas que consumen antibióticos lo hacen de forma pasiva, es decir, lo consumen a través de la ingesta de alimentos. Los antibióticos son usados por la industria cárnica para acelerar los tiempos de cría de los animales y, por ende, aumentar la producción para maximizar las ganancias en el mercado competitivo. Las condiciones de hacinamiento también demandan el uso de estos fármacos, ya que factores como la higiene y malestar animal en los sistemas intensivos de cría provocan la necesidad del uso de antibióticos para fortalecer el sistema inmunológico de los animales.

Estos antibióticos ingeridos son eliminados en las excretas, pero no hay un sistema de tratamiento que elimine los fármacos, el resultado es la contaminación de suelos y aguas. La proporción de la contaminación se hace aún mayor por el uso de estas excretas como abono. En este caso, los cultivos que se dan en los suelos también son contaminados. Como resultado, hay una contaminación generalizada de la cadena alimentaria: vegetales, peces, frutas, etc.

El uso indiscriminado de antibióticos genera bacterias más resistentes, las llamadas “superbacterias” o “bacterias multiresistentes”, su presencia en ambientes acuáticos, suelos o alimentos expone a las personas a enfermedades difíciles de tratar con las herramientas de la medicina actual, poniendo en riesgo no solo a quienes consumen carne.

Dada la relevancia de las consecuencias de esta forma de producción, las autoridades deberían ser las primeras en tomar medidas que inhiban el uso de fármacos en la producción de carne. En un contexto de pandemia, el actual estado de Emergencia Climática y las enfermedades zoonóticas deberían ser una preocupación y la preservación de los ecosistemas debería ser prioridad absoluta.

Sin embargo, la gran preocupación demostrada por Gobiernos, corporaciones y amplios sectores de la sociedad es la vuelta a la normalidad. Mientras tanto, son las camadas más empobrecidas y marginadas por el sistema las que, una y otra vez, se ven afectadas por este modelo de producción suicida.

Un ejemplo de esto es la negociación del Tratado de Libre Comercio entre los bloques Mercosur y Unión Europea, cuyo uno de los negocios centrales es el aumento de  la producción de carne en el Sur para la exportación al bloque europeo. Más allá de toda la problemática del uso de antibióticos, también se asocia a la industria cárnica el acaparamiento de tierras, la expansión de la zona sojera, la profundización del cambio climático y el desalojo de pueblos indígenas y campesinos, entre otras implicancias.

Esto, que vamos a llamar necromercantilización, no puede ser el futuro reservado a la humanidad. Desde Virginia Bolten nos preguntamos ¿hasta cuándo comeremos nuestra propia muerte?

Fuente: Virginia Bolten

ACO
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