Por Eugenio Fernández Vázquez, Pie de Página, 01 de marzo del 2021.

La mariposa monarca registró este invierno que termina una de sus peores temporadas desde 1993 y ocupó apenas algo más de dos hectáreas de bosques en su santuario en los límites del Estado de México y Michoacán, según el análisis que cada año presenta el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés). La cifra confirma una preocupante tendencia por la que poco a poco nos quedamos sin estos insectos: si la década anterior fue la peor de la historia conocida de este lepidóptero, la década presente amenaza con ser igual de mala. Detrás de este declive están, entre otros factores, el uso intensivo de pesticidas en Estados Unidos y la deforestación en México.

En su viaje por América del Norte las mariposas monarca enfrentan dos principales amenazas, exacerbadas por el cambio climático. La primera —y quizá la más importante— es la agricultura industrial, muy intensiva en herbicidas y pesticidas, en la región agrícola que va de los Grandes Lagos hasta el río Grande, en Estados Unidos. La mariposa monarca pone sus huevecillos en el algodoncillo, una planta de la que después se alimenta en su etapa como oruga. Por desgracia, esa planta es el blanco de un montón de químicos que se vierten por montones para asegurar mejores cosechas con menos trabajo. Al no haber algodoncillo tampoco hay dónde poner los huevos y, por tanto, no hay forma de que nazca la generación de mariposas que debe migrar al sur.

Aunque durante un tiempo se pensó que solamente los sembradíos con transgénicos eran culpables de este declive y que éste había empezado apenas recientemente, hoy sabemos que no es así. El declive del algodoncillo y de la mariposa monarca parece haber comenzado desde mediados del siglo XX, cuando arrancó la revolución de los agroquímicos en Estados Unidos.

Un segundo factor que la amenaza es la pérdida de los bosques en los que pasa el invierno. La mariposa se refugia del terrible frío que cubre Estados Unidos y Canadá en los pinos y oyameles del centro de México. Por desgracia, esos bosques están siempre amenazados por la tala ilegal, por el derribo de los árboles para abrir espacio a la agricultura y la ganadería y por las plagas que los degradan. Según datos de WWF, el santuario de la mariposa en esa zona sufrió una degradación cuatro veces mayor el año pasado que en años anteriores, lo que habría dejado a las mariposas sin lugar para pasar los fríos.

Aunque sería genial que hubiera un solo responsable de esos daños a los bosques, porque la solución sería entonces bastante más sencilla de lo que es, son muchos los factores que operan en contra de esos ecosistemas. Por un lado, el crimen organizado, combinado con una legislación anticuada, autoritaria y restrictiva sobre el manejo forestal, tanto a nivel federal como mexiquense, hacen que la tala ilegal sea enormemente prevalente en la zona. Por otra parte, la falta de recursos para la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, la corrupción en quienes deberían hacer valer la ley y el autoritarismo ramplón que caracteriza la gobernanza de la zona hacen muy difícil combatir la ilegalidad y fomentar una conservación activa por parte de las comunidades locales.

Por último, el cambio climático potencia todos los factores anteriores. Las variaciones climáticas hicieron todavía más difícil que naciera el algodoncillo en el sur de Estados Unidos, al tiempo que pusieron los bosques mexicanos en situación más vulnerable, porque hicieron más fácil que proliferen las plagas y se detonen incendios muy severos.

Salvar a las mariposas monarca no es cosa de unos pocos. Más bien, para evitar que desaparezca este bellísimo insecto debemos trabajar todos en el continente para cambiar nuestra relación con el planeta, haciendo que la agricultura en Estados Unidos deje de operar contra el mundo y que los bosques mexicanos se conviertan en factor de bienestar y no en un estorbo o un botín.

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