Por Nick Buxton, Alainet, 03 de julio del 2020.

El documental ganó 26 premios, e incluso comentaristas conservadores como The Economist lo denominaron “un ataque sorprendentemente racional y coherente contra la institución más importante del capitalismo“. Para iniciar nuestra colección examinando “La Corporación”, el Transnational Institute acudió al autor y guionista, Joel Bakan, profesor de Derecho de la Universidad de Columbia Británica, para conocer su visión de la corporación en la actualidad.

Joel Bakan habla con el TNI antes de la publicación de su nuevo libro y película “The New Corporation”.

– ¿Qué es la corporación?

La corporación es un constructo legal, de hecho, es una ficción legal. No es algo creado por Dios o por la naturaleza, sino más bien un conjunto de relaciones legalmente creado e impuesto con el objetivo de recaudar capital para los grandes proyectos del industrialismo. Su función principal es separar a los propietarios de una empresa de la empresa misma.

Esta última se transforma alquímicamente en una “persona” que puede asumir derechos y obligaciones legales y, por lo tanto, operar dentro de la economía. Por consiguiente, los propietarios –accionistas– desaparecen como figuras legalmente pertinentes y la “persona” corporativa (y a veces sus gerentes y directores) posee derechos legales y es legalmente responsable cuando las cosas salen mal.

De ello se deduce que el único riesgo para los accionistas es perder dinero si disminuye el valor de sus acciones. No pueden ser demandados por nada de lo que haga la corporación. Además, para hacer aún más atractiva la olla de sus inversiones, la ley impone obligaciones a los gerentes y directores para que solo actúen en beneficio de los intereses de los accionistas, es decir, los intereses financieros.

La genialidad de todo esto es que esta construcción muy beneficiosa para los accionistas incentivó a muchas personas, particularmente desde la clase media emergente, a invertir en empresas capitalistas.

Ese era el objetivo principal de la corporación: generar los enormes fondos de capital necesarios para financiar grandes empresas, ferrocarriles, fábricas, etc., que la industrialización hizo posible. Era, en efecto, una institución de financiación colectiva.

Vea el documental galardonado, The Corporation

– ¿En qué se ha convertido la corporación?

La función institucional central de la corporación –concentrar miles, incluso millones, del capital de los inversores en una sola empresa– también contribuyó a que las empresas se volvieran muy grandes y poderosas.

Inicialmente hubo limitaciones a su poder, como topes en el crecimiento, restricciones a la participación multisectorial, leyes de defensa de la competencia, pero estas se debilitaron y eliminaron durante el siglo XX.

Ahora las empresas pueden fusionarse, adquirir otras empresas y hacerse cada vez más grandes, acumulando todavía más poder con pocas restricciones. En consecuencia, se convierten en vastas concentraciones de capital que dominan no solo la economía, sino también la sociedad y la política.

Las corporaciones no son democráticas y están legalmente obligadas a servir a los intereses de sus accionistas en todo lo que hagan.

Así que, existen estas enormes y poderosas instituciones, obligadas por sus características institucionales a perseguir su propio interés independientemente de las consecuencias, decididas a eludir o apartar todo lo que les impida alcanzar sus objetivos, como las regulaciones, los impuestos y la provisión pública, que crean riqueza para accionistas anónimos que no rinden cuentas, y no asumen responsabilidad democrática ante las personas (que no sean sus accionistas) afectadas por sus decisiones y acciones.

– ¿Qué ha cambiado en los 15 años que han pasado desde que escribiste The Corporation?

Algunas cosas obvias. Las grandes empresas tecnológicas no existían (al menos no de la forma dominante en la que existen ahora) en el momento del primer proyecto. El cambio climático era un problema, pero aún no era la crisis existencial e inmediata que sabemos que es hoy. La derecha populista era todavía marginal, la globalización estaba en pleno desarrollo y las corporaciones, tratando de sortear las luchas contra la globalización en todo el mundo y preocupadas por la creciente desconfianza popular y las preocupaciones sobre su poder cada vez más amplio, han modificado estratégicamente su imagen y su juego.

En cuanto a esto último, en el momento de la publicación de mi primer libro y película, las corporaciones comenzaron a realizar compromisos generalizados con la sostenibilidad y la responsabilidad social: usar menos energía, reducir las emisiones, ayudar a los pobres del mundo, salvar ciudades, etc.

Capitalismo creativo, capitalismo inclusivo, capitalismo consciente, capitalismo conectado, capitalismo social, capitalismo verde…fueron las nuevas palabras de moda que comenzaron a utilizarse, dando la sensación de que el capitalismo corporativo se estaba modificando en una versión más consciente social y ambientalmente.

La idea clave, independientemente de la retórica utilizada, era que las corporaciones habían cambiado de manera sustancial, que mientras la responsabilidad social empresarial y la sostenibilidad habían estado previamente al margen de las preocupaciones corporativas (un poco de filantropía por aquí, algunas medidas medioambientales por allá) ahora se afianzaban en el centro del ethos y de los principios operativos de las empresas.

Base: 4.900 empresas N100 (las 100 principales empresas por ingresos en cada uno de los 49 países estudiados) y 250 empresas G250 (las 250 compañías más grandes del mundo por ingresos)

Fuente: Encuesta de KPMG sobre Informes de responsabilidad empresarial de 2017.

– Entonces, ¿esto ha producido alguna diferencia?

Sí, pero no necesariamente una positiva. El subtítulo de mi nuevo libro es ¿Por qué las “buenas” corporaciones son malas para la democracia?

Me explico: para empezar, pese a la excelente retórica, la nueva corporación es fundamentalmente la misma que la anterior. El Derecho de sociedades no ha cambiado. La composición institucional de la corporación no ha cambiado.

Lo que ha cambiado es el discurso y algunos comportamientos. El nuevo ethos está basado en la idea de “tener un buen desempeño haciendo el bien”, encontrar sinergia entre ganar dinero y hacer el bien social y medioambiental, en lugar de suponer que son cosas contradictorias.

Así que ahora las corporaciones quieren llamar la atención sobre su objetivo de hacer el bien, pero no tanto sobre el hecho de que solo pueden hacer el bien si eso les ayuda en su desempeño.

El hecho es que, a pesar de todo el discurso triunfante, las corporaciones no sacrificarán, y de hecho no pueden sacrificar, sus propios intereses y los de sus accionistas por hacer el bien. Eso presenta una profunda limitación en términos de qué tipos y cantidad de ese bien es probable que hagan, lo que en la práctica les da permiso de hacer el “mal” cuando no hay razones comerciales para hacer lo contrario.

El problema adicional –y esta es la parte que concierne a la democracia– es que las corporaciones están haciendo uso de su supuesta nueva “bondad” para fundamentar la afirmación de que ya no necesitan ser reguladas por el gobierno, porque ahora pueden autorregularse; y que también pueden administrar los servicios públicos, como el agua, las escuelas, el transporte, las prisiones, etc., mejor que el gobierno.

El clima es un ámbito en el que las corporaciones han sido particularmente astutas. Ya no pueden negar el cambio climático, así que no lo hacen. En cambio, dicen “sí, está sucediendo, lo admitimos, pero ahora nos preocupa, podemos adelantarnos y proporcionar soluciones, no necesitamos regulación gubernamental”.

Ahora bien, los científicos dicen que ya deberíamos haber adoptado energías renovables para evitar escenarios catastróficos y que esto requerirá que el Estado realice cambios significativos.

Por su parte, la industria de los combustibles fósiles dice algo muy diferente, algo coherente con sus planes de sacar beneficio de los combustibles fósiles lo máximo posible. Afirma que tenemos tiempo, que no debemos ni podemos pasarnos a las energías renovables en el corto plazo, que el gas natural y el fracking son buenas alternativas, que está bien que continúen desarrollando megaproyectos para aprovechar las reservas de combustibles fósiles (incluido el carbón, como la mina Adani en Australia), que liderarán la transición hacia las energías renovables.

Que debemos confiar en ellos, no en los gobiernos, para resolver el problema del cambio climático.

Esta nueva estrategia es probablemente aún más peligrosa que la negación total. Al pretender ahora ser los “buenos”, confunden y ocultan más sutilmente verdades e intenciones, ejercen su influencia sobre los gobiernos y en las cumbres sobre cambio climático para garantizar que se siga sin imponer mayores obstáculos a sus modelos de negocio basados ​​en los combustibles fósiles.

En mi primer libro, La Corporación, argumentaba que si las corporaciones fueran realmente personas, serían consideradas psicópatas por su comportamiento y rasgos. Ahora, como se han puesto una máscara, se han convertido eficazmente en unos psicópatas seductores.

– ¿Cómo ha cambiado la naturaleza de la corporación con el auge de las grandes empresas digitales?

Hace diez años, las empresas tecnológicas no se encontraban entre las 20 empresas más importantes del mundo.

Cuando Internet y la inteligencia artificial (IA) se aprovechan de la compulsión corporativa para generar ganancias, pueden suceder cosas malas, y están sucediendo. Es cierto, como dicen los defensores de la tecnología, que la innovación y la disrupción son el resultado. Pero tampoco es necesariamente algo positivo. Por ejemplo, las innovaciones por parte de las grandes empresas tecnológicas están alterando el control de los monopolios.

Para muchas empresas tecnológicas, el monopolio está integrado en sus propios modelos de negocio. Facebook, por ejemplo, tiene que ser el lugar donde todo el mundo busque la conexión social. Amazon debe ser la plataforma de compra y venta minorista. Google, el motor de búsqueda que usa todo el mundo. El valor de estas empresas se basa en ser el único lugar al que todo el mundo acude. Eso les otorga el monopolio de las dos cosas que más se valoran en el espacio de la tecnología: la atención y los datos.

Esto también los incentiva a ir más allá de sus sectores, invadir y dominar otros sectores, como Amazon que ha incursionado en el sector farmacéutico y de la computación en la nube; Facebook, que se ha convertido en un importante centro de noticias y cada vez desempeña un papel más importante en la forma de realizar campañas electorales; Google, que está comenzando a abrirse camino en la planificación urbana (a través de Sidewalk Labs).

Las actuales leyes y los reguladores antimonopolio son demasiado débiles (como resultado de la desregulación) y carecen de motivación política para seguir el ritmo, lo que ha permitido que estas empresas se conviertan en gigantes que suprimen la competencia y tienen una influencia excesiva sobre la política y la sociedad, esto es, para perturbar la democracia.

Otro problema es que las corporaciones están recopilando cada vez más datos, triangulándolos y graficando cada uno de nuestros movimientos y emociones, especialmente a medida que todos nuestros artefactos informáticos se conectan a Internet (a través del ‘Internet de las cosas’) y que el software es más sofisticado a la hora de supervisar y predecir nuestro comportamiento.

A menudo se piensa en el problema en términos de privacidad: que nuestra privacidad está siendo invadida por la recopilación de todos estos datos. Pero el verdadero problema es el control: cómo se usan los datos para controlar el modo en que actuamos, pensamos y nos sentimos en formas que en última instancia son rentables para las corporaciones.

Las posibilidades de que los jefes controlen cada movimiento de los trabajadores ya son evidentes, por ejemplo, en el sistema de Amazon para la micro supervisión del desempeño de los trabajadores en sus almacenes. Del mismo modo, las compañías de seguros están comenzando a hacer un seguimiento de los datos fisiológicos y de la aptitud física de los titulares de seguros de vida a través de los dispositivos portátiles.

– ¿Y cómo afecta eso a la democracia?

A medida que las corporaciones obtienen un mayor control directo sobre los individuos a través de las nuevas tecnologías, se hace más difícil, si no imposible, que los gobiernos democráticos regulen la relación entre las corporaciones y la ciudadanía.

Cuando una compañía de seguros tiene el control directo de sus clientes –conoce sus hábitos de conducción o si están en forma y ​​ajusta las tarifas o les niega cobertura en función de ello– se vuelve difícil para las instituciones democráticas ­–reguladores y tribunales– proteger los derechos del consumidor.

Cuando una plataforma como Uber usa la tecnología para eludir eficazmente la relación laboral (un constructo regulador diseñado para proteger a los trabajadores y trabajadoras del mayor poder que tienen sus empresas) se hace difícil proteger a los trabajadores y trabajadoras.

La democracia se ve también afectada por el aumento de la desinformación, el odio y el discurso incendiario, que se magnifican en Internet y en las redes sociales. Eso también está relacionado con los modelos de negocio de las grandes empresas tecnológicas. Una empresa como Facebook prospera al conseguir que cada vez más personas se involucren durante más tiempo. Más es mejor, y las cuestiones sobre la verdad, el interés público o la democracia son simplemente irrelevantes.

En términos más generales, el auge del autoritarismo de derechas, que está surgiendo a través de procesos electorales democráticos, es en gran parte una reacción a 40 años de políticas neoliberales que han destruido empleos y prestaciones sociales, y por lo tanto vidas y comunidades. Esos 40 años de políticas fueron, y continúan siendo, liderados por grandes corporaciones que utilizaron sus recursos para, entre otras cosas, presionar, financiar elecciones, promover y amenazar con promover operaciones en respuesta a la regulación existente y a las propuestas de regulación, reducir y evadir impuestos.

Los líderes del “nuevo” movimiento de corporaciones, las mismas empresas que afirman preocuparse y ser socialmente responsables y sostenibles, han estado a la vanguardia de estas campañas. Ninguno de ellos ha dicho, “los valores sociales y medioambientales son importantes, así que protejámoslos con más regulaciones e impuestos”. Todo lo contrario.

Las corporaciones ahora están aprovechando su supuesta nueva imagen pública para hacer retroceder a la democracia, al afirmar, como se mencionó anteriormente, que pueden regularse por sí mismas en lugar de hacerlo a través de medidas legislativas, y que deberían encargarse de las prestaciones sociales en lugar de las autoridades públicas.

Es una maniobra astuta. Hacen campaña para destruir la capacidad de los gobiernos de lidiar con los problemas sociales y medioambientales y luego intervienen para decir que pueden hacer el trabajo que el gobierno se ha mostrado, gracias a sus esfuerzos, incapaz de hacer.

El resultado es menos intervención del gobierno y más participación de las corporaciones en nuestras vidas y sociedades, lo que significa menos democracia en general.

¿Cómo han respondido la sociedad civil y los movimientos sociales al auge de la corporación?

En los últimos 20 años se ha producido un notable aumento de movimientos organizados y efectivos para frenar el poder corporativo y la amenaza que representa para la democracia.

Más de 200 ciudades de todo el mundo han rechazado la privatización del agua mediante la remunicipalización de sistemas previamente privatizados; los pueblos indígenas han ganado batallas contra las industrias extractivas y por el reconocimiento de sus derechos sobre la tierra y la autodeterminación; el “movimiento de las plazas” arrasó en ciudades de todo el mundo en 2011, incluido el Movimiento Occupy; la política progresista ha obtenido victorias en ciudades como Barcelona y París en Europa, en Nueva York, Jackson, Seattle y Tucson en los Estados Unidos y Vancouver en Canadá, junto a muchas otras.

En los Estados Unidos, tenemos el caso de Bernie Sanders, abiertamente socialista, candidato a la presidencia en 2016 y nuevamente en 2020, además de las miles de campañas electorales progresistas que ha ayudado a inspirar, muchas de ellas exitosas como la de Alexandria Ocasio‑Cortez (AOC) y la de otros representantes progresistas.

Y luego están las nuevas energías y la urgencia de un creciente activismo en todo el mundo, los movimientos de masas que exigen la adopción de medidas contra el cambio climático, los proyectos de la industria extractiva, los derechos indígenas, los movimientos contra el racismo.

Todo eso es muy positivo e inspirador.

Sin embargo, debemos tener cuidado con los intentos de las corporaciones de apropiarse de esta ola de resistencia. Están intentando con todas sus fuerzas hacernos creer que son los verdaderos responsables del cambio, que el mejor camino hacia un mundo mejor es comprar sus productos “verdes”, apoyar sus iniciativas sociales y medioambientales, seguir sus consejos sobre reciclaje, reducción, etc.

Las empresas y sus presidentes se posicionan sobre diversas cuestiones y cada vez más forman asociaciones con organizaciones no gubernamentales (ONG) como el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), Save the Children (SCF) o Conservación Internacional, así como con organizaciones intergubernamentales como las diversas entidades de las Naciones Unidas.

Sin duda, algo bueno puede surgir de todo esto, pero es importante reconocer que las mismas empresas que se alían con las ONG y que adoptan una postura sobre el racismo, la inmigración o la discriminación contra las personas LGBTQ (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y queer) son también las que presionan para reducir la supervisión del gobierno, limitar los impuestos, expandir los mercados y reducir la provisión social, entre otras medidas.

– ¿Hay un lugar para la corporación en el futuro?

Creo que hay lugar para un medio de financiación destinado a grandes proyectos que requieren grandes reservas de capital, lo que es, en esencia, la corporación. Pero debe entenderse como una herramienta, como un medio, no como un fin en sí mismo.

La corporación fue creada por el Gobierno con ese propósito, como una herramienta de financiación. Su virtud en incentivar la inversión –su mandato legal de crear riqueza sin restricciones– es también su mayor peligro.

Por eso, debe estar regulada y no debería usarse para distribuir bienes intrínsecamente sociales, y menos para gobernar la sociedad. Está mal equipada para hacer esas cosas, siendo fundamentalmente egoísta y carente de responsabilidad democrática ante nadie más que sus accionistas.

Debido al mandato legal de la corporación de crear riqueza sin restricciones, esta debe ser regulada y no debería usarse para distribuir bienes intrínsecamente sociales, y menos para gobernar la sociedad.

También deberíamos pensar en utilizar otros tipos de organizaciones económicas para crear bienes y servicios, como cooperativas o instituciones públicas con mandatos de interés público.

No hay evidencia que respalde, y sí mucha que contradiga, que la institución ideal sea siempre, o ni siquiera habitualmente o en ocasiones, la gran corporación con ánimo de lucro. Por el contrario, es mejor pensar en las corporaciones como podríamos pensar, por ejemplo, en un cortacésped. Tiene sus usos. Es muy buena cortando el césped. Pero eso no significa que quieras usarlo para cortarte el pelo o aspirar la alfombra de tu salón.

Todo esto podría ser un argumento para alejarse del capitalismo y dirigirse hacia algún otro tipo de sistema, como los imaginados por el socialismo democrático, el movimiento de los comunes o las cosmologías indígenas, donde se priorizan los fines sociales y ecológicos en lugar de la acumulación de capital.

Aunque algo así puede estar en el horizonte, mientras tanto, tenemos que descubrir cómo controlar las peligrosas tendencias de las corporaciones y el capitalismo en la actualidad, y asegurarnos de que no propicien, como pueden hacerlo, el fin del mundo.

– ¿Y las empresas de beneficios o empresas B? ¿Son un paso en la dirección correcta?

Promoción de empresas de beneficios en https://bcorporation.net/

No. Las empresas B no son una solución y me opongo a ellas, incluso en mi provincia natal en Columbia Británica, donde el gobierno tomó medidas para reconocerlas.

Por lo general, una empresa B no es más que un certificado de una empresa privada (como B‑Lab) que establece que cumple con ciertos estándares sociales y medioambientales.

Esto no es necesario para las empresas que no cotizan en la bolsa, aquellas que ya tienen margen para subordinar los objetivos financieros a los sociales y medioambientales si así lo desean. Y las empresas que sí cotizan en la bolsa, incluso si se convierten en empresas B (que, hasta ahora, ninguna importante lo ha hecho), están todavía jurídicamente obligadas a priorizar el valor para los accionistas. Una certificación privada no cambia la ley.

Así que, lo que la empresa B termina siendo, en los hechos, una privatización de la regulación, un accesorio a la idea de que las corporaciones, a través de mecanismos de mercado y supervisión privada, pueden proteger y promover los intereses públicos. No se trata de reglas promulgadas democráticamente para controlar a las corporaciones, ni de mecanismos respaldados por el Estado para hacer cumplir tales reglas. Es otro engaño que oculta la mano dura del neoliberalismo.

Un enfoque diferente es el de reformular la constitución jurídica de la empresa para incluir objetivos sociales y medioambientales, además de los financieros. De nuevo, no estoy a favor de este planteamiento.

Un problema es que nunca se subordinarán los objetivos financieros a los sociales y medioambientales; estos últimos solo se perseguirán siempre que sean compatibles con los primeros.

El segundo problema es que el juicio impreciso acerca de si se cumplen los objetivos sociales y medioambientales –cuáles deberían perseguirse, cómo y en qué medida– queda en manos de gerentes en lugar de reguladores bajo control democrático.

En tercer lugar, se aprovecharía inevitablemente la presencia de este nuevo tipo de empresa, probablemente con éxito, para impulsar una mayor desregulación; el argumento es que la regulación es innecesaria cuando las normas se integran en la propia empresa.

El problema es que la única razón de la existencia de la corporación dentro del capitalismo es incentivar la inversión. Eso siempre implicará priorizar las ganancias del capital de los inversores, en lugar de los valores competitivos determinados en la naturaleza jurídica de la corporación. Los imperativos de las corporaciones dentro del capitalismo siempre serán imperativos capitalistas.

Necesitamos lidiar democráticamente con los peligros de esa dinámica, a través de políticas, leyes y regulaciones, en lugar de modificar el perfil empresarial y delegar las funciones reguladoras a los gerentes y directores corporativos.

– ¿Cómo lo logramos?

No abogo por la revolución porque creo que las estructuras democráticas existentes, por corruptas que sean, pueden recuperarse y readaptarse, reconciliarse con movimientos de base y con las verdaderas necesidades y las voces de la ciudadanía.

Mientras tanto, tenemos que esforzarnos para desmentir mitos y revelar la verdad: las corporaciones y los mercados no pueden repartir los bienes sociales y medioambientales que necesitamos; debemos recuperar la democracia y las instituciones democráticas.

Necesitamos trabajar con y en nuestras comunidades, escuelas y sindicatos para educarnos e inspirarnos mutuamente. Para trabajar, formar parte de y ayudar a elegir partidos políticos progresistas, unirse y formar movimientos, promover la solidaridad mientras se celebra la diferencia.

Necesitamos vernos como actores políticos, ciudadanos y ciudadanas, obligados a participar y contribuir a crear sociedades buenas y justas. Necesitamos aceptar que la gobernanza democrática es desorganizada e incierta, que se trata tanto del proceso de participación como de las políticas resultantes, y que solo puede florecer en condiciones sociales que fomenten la empatía y la solidaridad entre la ciudadanía.

-Joel Bakan es catedrático de Derecho en la Universidad de Columbia Británica, académico y comentarista de renombre internacional. Bakan, además de haber obtenido la beca Rhoder y de haber trabajado como asistente jurídico del presidente del Tribunal Supremo del Canadá, Brian Dickson, ha obtenido títulos en Derecho de las universidades de Oxford, Dalhouisie y Harvard. Además de su aclamado éxito internacional, La Corporación: la búsqueda patológica de lucro y poder (Volter, 2006), su obra académica incluye Just Words: Constitutional Rights and Social Wrongs (University of Toronto Press, 1997) y Childhood Under Siege: How Big Business Targets Children (Penguin, 2011).

El presente artículo forma parte del informe Estado del poder 2020, cuya versión en español es editada en formato electrónico por Transnational Institute (TNI), Attac España y FUHEM Ecosocial. La versión íntegra del informe en inglés se puede encontrar en www.tni.org.

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