Por Tracy L. Barnett, Mongabay, 10 de mayo de 2019

Don Manuel García Pacheco, parado en el borde de su campo de cultivo, ese que lo vio nacer hace más de seis décadas, cuando la tierra era arada por bueyes, sonríe ampliamente mientras observa a un enérgico equipo que ha llegado a trabajar a su milpa en el distrito de San Miguel de Allende, en el estado de Guanajuato. «Estoy feliz como una lombriz», dice con entusiasmo.

Y con razón. Mucho ha cambiado en su localidad desde su regreso de los Estados Unidos, a donde emigró como millones de agricultores de subsistencia de México que ya no podían ganarse la vida con los suelos degradados y el clima árido.

“Se llegó el día en que la gente emigró pa’l norte por la pobreza, porque aquí no había ni para comprarse un buen pantalón, mucho menos un carro”, narra el agricultor, mientras dos jóvenes siembran una hilera de maguey pulquero en su parcela.

Don Manuel no duda en decir que nunca fue fácil vivir de la agricultura. No lo es para muchos mexicanos. Un estudio de 2012, elaborado por expertos de la Universidad Autónoma de Chapingo, precisa que de las 26 millones de hectáreas cultivables que posee México, casi la mitad están abandonadas. Y, básicamente, por tres razones: la migración, la ausencia del Estado y la poca rentabilidad.

Pero también están las tierras que simplemente ya no pueden ser trabajadas, porque están degradadas y en camino a la desertificación. Este problema es el responsable de que México pierda más de 100 000 hectáreas de tierras de cultivo cada año, como precisa un estudio científico.

Por eso Don Manuel García no deja de repetir que lo que le pasó fue un golpe de suerte. Y comenzó cuando su vecina convirtió su parcela en un rancho ecológico destinado a la regeneración de sus suelos en el 2009. El proyecto fue bautizado como Vía Orgánica y se convirtió en un modelo para los campesinos de la región.

Un nuevo comienzo

Don Manuel confiesa que al principio no estaba muy seguro. Recuerda que «Doña Rosana», su vecina, le hacía ver que estaba envenenando el suelo, el aire y el agua, e incluso sus cultivos, usando productos químicos.

 “Antes hasta le echábamos químicos por ignorancia y me decía: ‘Te va a hacer daño, eso no sirve’. Ya cuando me hicieron ver las cosas le paramos, desperté y me di cuenta», narra Don Manuel. “Ahora solamente le ponemos el estiércol de borrego, de res y vemos mucha cosecha. Nomás de que Dios mande lluvia”.

El proyecto de su vecina solo seguía los pasos de un creciente movimiento que desarrolla una agricultura que va más allá de lo sostenible en las granjas.

En una zona tan deteriorada de Guanajuato, uno de los estados más deforestados del país, la conservación no es suficiente, dicen los cofundadores de Vía Orgánica Rosana Álvarez , Ronnie Cummins y Rose Welch. Por eso se trazaron una meta bastante ambiciosa: nada menos que la regeneración del ecosistema —del suelo, del ciclo hidrológico, de la economía local, e incluso de las vidas de sus habitantes.

Y fue así como lo que empezó en un rancho de 25 hectáreas, se convirtió en un programa de educación agrícola que hoy se expande rápidamente hacia las poblaciones locales.

Para Álvarez, Cummins y Welch, la agricultura regenerativa es la respuesta a muchos de los problemas que arrastra México. Se refieren a la agricultura industrial que,  como indican algunos estudios científicos, pueden impactar fuentes de agua, bosques y suelos, sin contar que está entre las principales fuentes generadoras de gases de efecto invernadero.

Cuando Vía Orgánica lanzó su proyecto en el 2009 —con 25 hectáreas en total— se enfrentó a un terreno que en un buen momento albergó un vasto bosque de encinos gigantes y que tras la colonización y deforestación agresiva se transformó en un cúmulo de tierra arcillosa dura, malezas secas y suelo pelado. Pero diez años de arduo trabajo bastaron para que  el rancho vuelva a ser un oasis floreciente y altamente productivo.

170 hectáreas más se sumaron al poco tiempo a este ambicioso proyecto, al que se han unido agricultores como Don Manuel.

Hoy alrededor de 200 familias de San Miguel de Allende se han beneficiado y tienen en el centro histórico de la cercana ciudad, el restaurante y el mercado del proyecto —en el que trabajan 45 empleados locales— un espacio donde pueden vender sus productos orgánicos.

Ahora cada año miles de personas llegan para aprender sobre agricultura regenerativa y llevar de vuelta esas técnicas, en muchos de los casos, a sus comunidades y granjas.

Una escuela orgánica

El propósito de la escuela, para Rose Welch, es compartir  las técnicas que serán necesarias para regenerar la tierra y fortalecer las economías con la producción local de alimentos.

“Al presentar a los estudiantes y al público ejemplos del bosque de alimentos y huertos —explica Welch— dándoles la oportunidad de hablar con la gente local que trabaja en la granja, lo que estamos haciendo es crear esperanza y mostrar que las cosas pueden comenzar a cambiar con un proyecto pequeño que no necesita una gran cantidad de recursos o tierra para iniciar la transformación”.

Y desde afuera este esfuerzo comienza a ser reconocido. Para Narciso Barrera Bassols, antropólogo y geógrafo afiliado a la Universidad Nacional Autónoma de México, que coordina a su vez un proyecto de agroecología en la Universidad Autónoma de Querétaro, lo que han logrado es “magnífico.”

“Este espacio que tiene Vía Orgánica en San Miguel de Allende es un oasis en un mar de degradación”,  dice Barrera, autor de estudios científicos enfocados en la investigación de temas agrícolas y de sostenibilidad. “La respuesta de alguien como yo que he caminado sus proyectos es que esta isla se tiene que repetir.”

Barrera se refiere a la agroforestería, a la reforestación, a la recuperación de los suelos y a la capacidad de estos para captar el agua y el carbono. Todas estas estrategias son claves, explica, para restaurar ecosistemas altamente degradados como los del Bajío de Guanajuato, especialmente en tiempos de cambio climático.

Eliane Ceccon, experta en ciencias forestales, destaca también en su libro “Más allá de la ecología de la restauración: Las perspectivas sociales en América Latina y el Caribe” que el concepto de restauración ecológica no es justificable a menos que fortalezca la sostenibilidad social tanto como la ambiental.

“Tú no puedes llegar a un agricultor —asegura Ceccon— tan pobre como existe en la mayoría de Latinoamérica y decirle: ‘Sabes qué, tienes que restaurar este ecosistema.’ Muchos de ellos viven con problemas de inseguridad alimentaria, entonces lo primero en lo que tienes que trabajar es en la seguridad alimentaria. En segundo plano tratar de restaurar algunos elementos de la estructura del ecosistema; trabajar con plantas nativas multipropósitos, siempre dentro del concepto que produzca bienes y servicios”.

El reto de trabajar en suelos áridos

Ronnie Cummins, cofundador de Vía Orgánica, es de origen tejano, pero se considera mexicano de corazón. Él y su esposa Rose Welch fundaron la Asociación de Consumidores Orgánicos en los EE. UU. en 1998, y abrieron su primera sede mexicana en Chiapas.

Con el tiempo trasladaron el proyecto a San Miguel de Allende y se dieron cuenta que estaban en el lugar ideal para comenzar una granja orgánica.

“La agricultura orgánica no es una invención traída de los Estados Unidos; en realidad, es la forma tradicional de agricultura practicada por los pueblos indígenas de estas tierras durante miles de años», dice Cummins.

La biodiversidad era una característica de la agricultura indígena y campesina, con la milpa tradicional, que generalmente contiene hasta 50 tipos diferentes de plantas, la mayoría de ellas comestibles o medicinales: plantas silvestres como el amaranto, las verdolagas y el huazontle, conocidos colectivamente como quelites.

Estas prácticas tradicionales son las que han sido rescatadas y valoradas, y se han incorporado productos nativos como el mezquite, cuyas vainas de semillas son ricas en nutrientes; el nopal, un alimento básico de la dieta mexicana; y el agave, que antes de que los españoles comenzaran a destilarlo en tequila y mezcal, se cultivaba tradicionalmente para el nutritivo y delicioso aguamiel.

“Lo que están haciendo con su proyecto es rescatar historia, rescatar memoria, rescatar cultura, innovar”, señala Barrera. “Y lo más importante: ¿cuántos investigadores en México están dedicados al estudio de la transición agroecológica de las áreas áridas del país? La mayor parte está concentrada en el sur o sureste del país, que no son las áridas. Entonces que haya un proyecto que está haciendo eso me parece muy importante.”

Los sistemas agroecológicos de los ranchos intercalan hileras de diversos cultivos arbóreos como el mezquite, el olivo y la granada, a esto se suma el pastoreo de cabras, ovejas y caballos con manejo holístico y pollos, que fertilizan los árboles y que ayudan en el control de plagas.

La estrategia ha sido comenzar poco a poco, pero no ha sido fácil. Toda la región depende de las 20 pulgadas (500 mm) de agua que se generan al año, la mayor parte entre los meses de junio y agosto. La escasez de agua en una región que es, naturalmente, semiárida se ha visto agravada por el crecimiento de las agroindustrias, que son los grandes productores que pueden obtener un permiso del gobierno que les permite regar con agua subterránea de los pozos.

Según Cummins, alrededor del 14 % de los agricultores en la región tiene pozos. El otro 86 % depende de la captación del agua de las lluvias para poder cultivar fuera de esta breve temporada. Por eso se han desarrollado una serie de sistemas que se valen de los techos de las casas, las cisternas y estanques para almacenar el agua que los agricultores usarán a lo largo del año.

Gerardo Ruiz Smith, ingeniero agrícola y experto en permacultura, ha contribuido también con el diseño de un sistema que contornea los terrenos y los caminos para canalizar las aguas de lluvia hacia cuatro grandes estanques. A esto se suma que la restauración de los suelos ayuda también a mejorar la capacidad de estos para retener el agua.

«El problema real es que en los suelos muertos no puede infiltrarse mucha agua. Si tenemos escorrentía superficial, encuentro una manera de reducirla e infiltrarla, pero prefiero concentrarme en mejorar la vida del suelo y la capacidad de retención de agua», precisa.

«El terreno lo tengo que recuperar»

Para Azucena Cabrera, Lourdes Guerrero y Martín Tovar restaurar sus tierras se ha convertido no solo en un reto, sino también en una deuda pendiente que tienen con sus  ancestros.

Azucena, como tantos hijos de campesinos, recuerda que en un momento su padre se vio obligado a abandonar el campo y mudarse a la ciudad para trabajar como electricista y fontanero. No tenía otra salida, la agricultura no le permitía mantener a su familia.

Pero nunca renunció del todo a su parcela, siguió regresando cada fin de semana.

 “Él dijo: ‘Aquí nací, en estos terrenos comí y tengo que recuperarlos’”, cuenta Azucena Cabrera, quien por la decisión de su padre tuvo la oportunidad de crecer jugando en la milpa, de probar los tomatitos silvestres y el huitlacoche, de recoger flores y admirar a las abejas. Su infancia fue la que la convenció de estudiar agronomía, aunque asegura que buscar empleo era uno de los temas que más le preocupaba.

“Los modelos agrícolas me hacían pensar, ‘¿Qué haré cuando termine?”, confiesa Azucena Cabrera, quien encontró pronto una salida en Vía Orgánica, ahí donde hoy trabaja como coordinadora y maestra para cientos de habitantes de la zona. Ella heredó el vínculo inquebrantable que tiene su padre con la tierra.

Por eso está convencida de que es necesario “voltear a ver el sistema en su comunidad” y acercarse al abuelo para preguntarle: ”¿Qué fue, qué hacía, qué comía, cómo sabía? Porque hay mucho conocimiento nuevo y el instinto se queda dormido, y ahora el conocimiento moderno nos deslumbra”.

Hoy es testigo de cómo la agricultura orgánica va regenerando las vidas de sus compañeros de trabajo. Es el caso de Don Martín Tovar, que tras trabajar 12 horas al día en una fábrica procesadora de pollos en Estados Unidos, se siente ahora satisfecho de haber vuelto a su tierra natal y de poder mostrarle a su hijo cómo sembrar, cultivar y hacer abonos orgánicos.

Lourdes Guerrero fue de las que prefirió quedarse en México para encontrar su suerte. Sin embargo, no deja de lamentar el “terrible error” que cometió al dedicarle tantos años de vida a la industria de pollos. Aún se estremece al recordar las condiciones bajo las cuales trabajaba. Ahora se siente orgullosa de cuidar su “Granja regenerativa”,  donde circulan las aves abonando los árboles frutales mientras producen huevos orgánicos.

Rosana Álvarez ha visto muchos cambios a lo largo del trabajo con los productores. Algunos han dejado de usar agroquímicos; otros, que estaban a punto de usarlos, han tomado la decisión de resistir a las ofertas del paquete convencional del gobierno. Algunos han aprendido a hacer composta y cubrir la tierra expuesta con un colchón de materia orgánica para protegerla. La mayoría ha tomado clases y talleres, que son gratis para los campesinos.

«Están entendiendo más —dice Álvarez—, sus ojos están más abiertos, más brillantes. Están más felices, están haciendo lo que aman. Solo necesitaban una manera de mantener su economía en marcha».

Este aspecto económico es la clave del cambio, es lo que ha impulsado la aparición de más mercados orgánicos y artesanales, y es también lo que está regenerando el paisaje, sostiene Álvarez.

En marzo de este año, el proyecto dio otro gran paso:  lanzó el primero de una serie de Campamentos de Regeneración de Ecosistemas junto con el reconocido científico de suelos y experto en restauración ambiental, John D. Liu. Treinta personas de siete países llegaron a San Miguel de Allende para estudiar y con la intención de difundir luego estas técnicas en sus localidades.

«Los centros de agricultura regenerativa como Vía Orgánica están restaurando tierras degradadas y creando modelos reproducibles para reparar ecosistemas completos, literalmente desde cero», dijo Liu. «Estos métodos se están propagando como semillas para que broten en otras regiones del mundo».

FuenteMongabay
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