Por Suplemento Ojarasca, diciembre de 2017

Aveces pareciera que estamos solos. Más allá de que el rechazo a los transgénicos posee un significativo consenso en el mundo (marcadamente en América Latina, la región más invadida por tales cultivos), la importancia de los maíces nativos en México, con sus centenares de variedades para toda clase de climas y gustos, no parece suficientemente comprendida. Aquí y en Guatemala, como en ninguna otra parte, maíz significa vida, civilización, salud, futuro. Los nativos de Norteamérica fueron pueblos de maíz, pero la catástrofe europea se los arrebató.

Hace cinco siglos que el mundo se beneficia del portentoso grano mesoamericano. Pocos lo consumen como tal, salvo las palomitas, pero a todos beneficia. Quien no hace polenta con maíz engorda al cerdo que le dará salchichas o produce gasolina. La industria alimentaria, especialmente en el renglón chatarra, usa y abusa de los derivados del maíz.

La importancia del ixim es central aquí, no sólo en lo simbólico. Alimento extraordinario, fuera de México pocos saben que añadirle cal o ceniza a la masa convierte a las tortillas en un alimento completo que si se combina con sus “flores” hermanas de milpa —chayote, calabaza, frijol y demás— proporciona una dieta humana verdadera. Ello explica la persistencia y la fortaleza de millones de indígenas mexicanos, y de millones de campesinos que, sin asumirse indígenas, en su condición de agricultores prácticamente lo son.

Ofende la inexplicable entrega de científicos notables y poderosos a la promoción de los maíces genéticamente modificados que las agresivas trasnacionales alimentarias quieren implantar en México como lo han hecho en muchos países. El nombre de Francisco Zapata Bolívar, reconocido biotecnólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), encapsula esta perversión intelectual de la colonizada ciencia mexicana.

Miembro del Colegio Nacional (ese cementerio de machos alfa, ahora resulta) y de la élite biomédica que domina la UNAM desde hace 45 años, así como la Secretaría de Salud, la Academia de Medicina y otras academias, nunca ha dudado en argumentar a favor de Monsanto y las farmacéuticas, congregar adeptos en seminarios y libros, estampar su firma en cuanto alegato a favor del grano modificado o denigrar a quienes se oponen a la mutación alimentaria, cultural y ambiental que su “razón” defiende tan descorazonadoramente.

Bastante empobrecida está la dieta del mexicano con los derivados apócrifos del maíz, empezando por las tortillas, que ya no son lo que fueron desde que su industria se rindió al modelo transgénico y las importaciones. Por fortuna hay científicos y especialistas (ver aquí) a salvo del delirio y la arrogancia de los Zapata Bolívar y hasta ignorantes premios Nobel. El último revés legal (provisional, pero peor es nada) para el ingreso masivo del transgénico al país nos da un nuevo respiro.

Los productores nacionales, los maiceros (o sea productores rurales), más que los milperos (indígenas), con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte sufrieron la devaluación de su trabajo y su producto. Quizás el derrumbe del Tratado les ayude a reconsiderar su producto. Mientras las autoridades trampean “consultas” en las comunidades, de Sonora y Chihuahua a la península de Yucatán, rancheros, menonitas y terratenientes privados presionan a favor del maíz ultramodificado aunque el mito de su mayor productividad no está demostrado y sí en cambio el empobrecimiento esencial del maíz que acarrea.

Se avecinan oportunidades para dejar la defensiva y avanzar. La creciente autonomía de los pueblos milperos, el fracaso del neoliberalismo, los reveses judiciales de los trasngénicos y el recuperado prestigio gastronómico y cultural de la tortilla pavimentan la reivindicación del maíz auténtico como tesoro imprescriptible de los mexicanos.

FuenteOjarasca
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