Por Ricardo María Garibay Velasco, La Jornada Ecológica, 29 de mayo de 2017

Además de las múltiples actividades que se efectúan en nuestro país con respecto al maíz, se encuentran también las discusiones en torno a la capacidad de autoabasto, seguridad y soberanía alimentaria; a la necesidad de orientar de manera más específica los subsidios y apoyos a los sectores más desprotegidos del campo, los que viven en las regiones marginales de temporal, sobre todo en las regiones indígenas; destacan las voces que están llamando la atención sobre la necesidad de desarrollar una política de conservación y fomento.

No solo de los maíces nativos o criollos sino de la agrobiodiversidad, de todos aquellos cultivares que son importantes para aumentar la capacidad de autoabasto alimentario en las regiones marginadas y de temporal.

En este contexto, y como respuesta al Artículo 70 del reglamento de la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados del 2008, la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) tomó la decisión de poner en marcha un programa de conservación de maíz criollo, con la instrucción precisa de que debe poner énfasis en los aspectos históricos y culturales. Al plantearse como un programa “piloto”, implica realizar los ajustes necesarios; a nueve años de existencia del Programa de Conservación de Maíz Criollo (Promac) se tienen elementos suficientes para evaluar su desempeño.

Operado por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp), desde su primer año el Promac cumplió –aparentemente– con las metas planteadas e incluso las rebasó en términos cuantitativos. Los criterios burocráticos de evaluación no solo calificaban positivamente y avalaban el programa, sino que reforzaban el formato bajo el cual fue diseñado. Visto desde otra perspectiva, y en función de criterios cualitativos, el Promac dista mucho de cumplir con sus objetivos y, desde su primer año, se acercaba peligrosamente a repetir esquemas de otros programas que se han transformado en asistenciales, o se han politizado, desviándose de sus intenciones originales.

Para analizar el programa partimos de las siguientes premisas: 1) Algunos programas de subsidio no han alcanzado sus propósitos iniciales porque rebasaron su capacidad operativa (exceso de objetivos). 2) Se convirtieron en programas asistenciales. 3) No consideraron el contexto estructural en el que se desenvuelve el problema que se quería resolver. 4) Se elaboraron con una visión de corto plazo y una actitud voluntarista. 5) Atendieron los efectos del problema y no sus causas. 6) Corren el riesgo de politizarse. 7) Otros programas de subsidio han pervertido la relación con los productores del campo y esto ha contaminado la percepción que se tiene del Promac. 8) Esta perversión ha generado desinterés sobre la actividad que se subsidia y ha centrado el interés en el subsidio mismo. 9) Esto ha generado corrupción. 10) Una vez “instalado” el programa en las comunidades, es muy difícil retirarlo quedando “secuestrado” por intereses diferentes al objetivo original.

En el diseño del programa no se consideraron en su justa dimensión algunos elementos relevantes. Entre ellos, la capacidad operativa institucional, los conocimientos del personal de campo de la Conanp sobre el tema, la duplicidad de funciones con programas similares de otras instituciones, la percepción de los campesinos sobre los programas gubernamentales de subsidio, las posibilidades de generar procesos y no acciones aisladas y, sobre todo, la importancia de los aspectos históricos, culturales y de organización comunitaria relacionados con el maíz criollo o nativo.

Los operadores de campo no contaban con los conocimientos suficientes sobre el maíz criollo, para que la supervisión no se limitara a aspectos de vigilancia solamente, sino que también se aprovechara para brindar asesoría a los productores sobre el mejoramiento de ciertas prácticas agrícolas lo que provocó que el interés estuviera dirigido al subsidio y no hacia el cultivo. Esa misma actitud se reproduce en otros programas que privilegian el subsidio personalizado, que se traduce en la pulverización de los recursos y la realización de acciones aisladas, más que en la generación e impulso a procesos sociales y productivos que a mediano plazo pudieran ser autogestivos.

El diseño original prestó escasa atención a la importancia histórica y cultural del maíz criollo. Ningún otro cultivo en México tiene tanta trascendencia en términos culturales como el maíz, por lo que los apoyos relacionados con este aspecto (como el fortalecimiento de la organización comunitaria) recibieron un mínimo porcentaje del presupuesto asignado al programa.

Si bien es necesario capacitar a los productores de maíz en ciertas labores con las cuales podrían incrementar sus rendimientos, en términos generales los campesinos maiceros de temporal conocen su actividad, son quienes año con año realizan las mejoras que sus recursos les permiten. En muchos casos hacen agricultura de conservación: año con año hacen una selección de las semillas y cruzas para mejorarlas, lo que ya significa un proceso de mejoramiento y adaptación a las cambiantes condiciones climáticas. Además, siembran cultivos asociados que les permiten fertilizar la tierra, retener humedad y suelo.

No obstante el conocimiento ancestral sobre sus cultivos, los campesinos también requieren estar actualizados con las aportaciones de los avances y conocimientos agronómicos de quienes se han especializado en el tema del maíz criollo. Tanto en las instituciones gubernamentales como en los centros de enseñanza e investigación, que en los últimos años han reconocido las aportaciones de la agricultura campesina. Hace casi cuatro décadas uno de sus pocos, si no el único promotor, era el maestro Efraín Hernández Xolocotzi.

En todo caso, la capacitación que requieren los campesinos maiceros en algunas prácticas, debería también estar orientada hacia procesos de reflexión para revalorar los elementos históricos, culturales, alimentarios, biológicos, agronómicos e identitatarios que implica el maíz criollo. Ése es el marco que requiere la capacitación, además de los aspectos técnicos que repercuten en la mejora de algunas prácticas de cultivo y labores poscosecha para culminar en el establecimiento de lo que podría llamarse un plan de acción comunitario. Este incluye la reflexión sobre los beneficios de bancos de semillas, intercambios de experiencias, ferias de maíz y la exploración de alternativas para la venta de maíz criollo en mercados solidarios, y el agregarle valor mediante su transformación en diversos productos.

Otro de los temas importantes que no se consideró fue el establecimiento de alianzas estratégicas con otras instituciones para mejorar los alcances del programa y procurar con esto el fortalecimiento de políticas públicas. El programa fue excluyente, quiso tener la exclusividad sobre un tema que, en sentido estricto, no era de su competencia. Su personal operativo fue el primero en cuestionarlo al tener que enfrentarse en campo a una problemática desconocida.

El grupo de asesores externos significó un buen inicio ya que incluyó a expertos en el tema. Si bien algunos de ellos son críticos de las políticas gubernamentales, aceptaron su inclusión con el afán de hacer aportaciones útiles al programa por considerar que, a pesar de las limitaciones propias de una iniciativa gubernamental, representaba un paso importante. Sin embargo, sus reiteradas observaciones y advertencias nunca fueron escuchadas.

Aun más, la situación de deterioro en la que se encuentran los maíces criollos responde a una compleja trama de elementos estructurales que han repercutido en el deterioro del campo y su población. Por lo tanto, el cumplimiento de los objetivos del programa no dependía de una mayor superficie de siembra. Ni siquiera correspondía esta propuesta con la misión y atribuciones de la Conanp: evitar que el programa fomentara el crecimiento de las áreas agrícolas a costa de las áreas de conservación.

Para el cumplimiento de los objetivos del programa era indispensable incidir en los factores estructurales causales de dicho deterioro. Un programa como el que nos ocupa y con los recursos que maneja no va a resolver el problema en su totalidad; lo que si puede hacer es generar un modelo de atención o una propuesta de sinergias para el desarrollo de políticas públicas que, a mediano y largo plazos, incidan en la solución del problema original.

El riesgo de la desaparición del maíz criollo es un tema social y económico. Implica la pérdida de la diversidad genética de uno de los tres cereales más importantes del mundo. Base de la alimentación del pueblo mexicano y de la organización social, ceremonial y económica. El maíz es “lo que sustenta la vida” que es una de las interpretaciones más populares del vocablo.

Es producto de la creatividad y conocimientos comunitarios, del manejo de los recursos de uso común, de los saberes compartidos y de la organización. Implica la experiencia compartida, el intercambio de saberes entre productores, quienes reconocen que las mejoras se deben a la creación colectiva. El maíz se intercambia, se presta, se comparte, se reconoce como un bien común. El mejoramiento genético requiere del intercambio de semillas entre productores. Es también resultado del intercambio de semillas intrafamiliar e intercomunitario.

Las fuerzas que atentan contra el maíz criollo se relacionan con: expansión de la frontera ganadera, mecanización de la agricultura, desarrollo urbano, migración de jóvenes y envejecimiento de campesinos, fomento de maíces mejorados a través de subsidios y apoyo a las zonas de riego con altos rendimientos ligadas a procesos agroindustriales. Ninguno de estos factores es atendido por el programa.

Por otro lado existen otros elementos que también están atentando contra la diversidad y el deterioro del maíz criollo y sobre los que el programa, con algunas modificaciones, sí podría incidir, fortaleciendo la existencia de las más de 60 razas, su permanencia e inclusive su recuperación. El riesgo de desaparición para las razas de maíz nativo es distinto. Existen razas y variedades ampliamente distribuidas sobre las que no existe riesgo inmediato y otras en peligro de extinción.

Sin embargo, lo que sí está ampliamente “erosionado” es el tejido social, –incluidos los conocimientos– sobre el que opera la organización comunitaria para el manejo de los recursos naturales y los de uso común. Entre otras causas, por el retiro de las instituciones gubernamentales y abandono del campo sobre todo en sus zonas temporaleras, lo que provoca la migración, aculturación, relevo generacional sin los conocimientos de la generación anterior, discriminación y desvaloración de lo propio, local, nativo.

Por lo anterior, el programa podría orientar una mayor parte de sus recursos a fortalecer esta red social, la estructura comunitaria campesina productora no solo de maíces criollos sino también con los productos asociados a ellos. Éste tendría que ser el verdadero fundamento cualitativo de un programa de conservación del producto agrícola emblemático de los mexicanos.

La permanencia de los maíces criollos no se debe a subsidio alguno sino a la resistencia que estos maíces y sus productores han desarrollado para producir en las condiciones más adversas en las que difícilmente un maíz mejorado o híbrido podría producir con la misma eficiencia. Los estudios y capacitaciones deberán estar enmarcados en el trabajo de la Conanp, a saber: conservar el patrimonio natural de México, conjuntando las metas de conservación con las del bienestar de los pobladores y usuarios de las mismas. No debería estar referido solamente a la conservación de las semillas de maíces criollos, sino a la conservación del maíz en el contexto de la milpa y de un manejo integral, diversificado, comunitario y sustentable de los recursos naturales y del territorio.

De lo anterior se deriva un cambio sustancial al programa para que se le conciba con una visión amplia referida al fomento y conservación de la agrobiodiversidad, con el eje rector del maíz criollo en el contexto de la milpa.

A la Conanp y el Sistema Nacional de Áreas Protegidas no les compete la producción de granos básicos, pero sí la conservación de la diversidad genética que representan las más de 60 razas de maíz criollo y del resto de las plantas de las que México es centro de origen y diversificación. Es decir, el maíz como parte de la agrobiodiversidad en el contexto de la milpa mediante prácticas agroecológicas y como parte del manejo sustentable de los recursos naturales de las ANP. Que respondan a sus respectivos programas de manejo y a sus estrategias de conservación. Para ello se requiere un cambio al nombre del programa que lo identifique con su nuevo diseño y objetivos.

La eficiencia y efectividad de un programa con estas características depende de las posibilidades de movilizar inercias y concepciones burocráticas que desvirtúan y entorpecen las iniciativas innovadoras. De superar las evaluaciones de desempeño que contabilizan el número de “beneficiarios” y que para el Programa de Conservación de Maíz Criollo, se tradujeron en la mayoría de los casos en un literal “maiceo” a los productores de maíz nativo.

Ricardo María Garibay Velasco. Centro de Investigación en Biotecnología Alimentaria, Conacyt, Pachuca, Hidalgo
Correo-e: rmgaribayv@yahoo.com.mx

FuenteLa Jornada Ecológica
COMPARTIR
ACO
A favor de la salud, la justicia, las sustentabilidad, la paz y la democracia.